Hay prendas que no solo se usan: se habitan.
Estos pantalones de cuero son una de ellas. Se utiliza para subir a la moto o al escenario.
No son cómodos en el sentido blando de la palabra. Al contrario: ajustan, pesan, exigen presencia. Al ponérselos, el cuerpo cambia de postura casi sin pedir permiso. La espalda se endereza, las piernas se sienten más firmes, el paso se vuelve consciente. No hay abandono posible. El cuero no lo permite.
El cuero tiene memoria. Guarda el calor, el movimiento, las horas. Cada pliegue aparece donde el cuerpo insiste. No se adapta de inmediato: hay que ganárselo. Y en ese proceso ocurre algo curioso —uno empieza a sentirse más contenido, más definido. Como si el límite externo ayudara a ordenar lo interno.
No es una prenda neutra.
El cuero carga símbolos: fuerza, riesgo, deseo. Al usarlo, algo de eso se activa. No es disfraz ni provocación gratuita; es una afirmación silenciosa. Estoy aquí. Este es mi cuerpo. Esto es lo que ocupa el espacio.
Además, hay una sensación táctil difícil de describir: el roce constante, la temperatura que se regula lentamente, el sonido casi imperceptible al caminar. Todo eso mantiene al cuerpo despierto. Presente.
Estos pantalones no buscan agradar.
No piden aprobación.
Simplemente acompañan un estado.
Quizás por eso hacen sentir así: más seguro, más entero, más consciente de cada gesto. No transforman a quien los lleva, pero sí revelan algo que ya estaba ahí, esperando una forma adecuada para manifestarse.

Quién estas líneas escribe los ha usado desde hace más de 25 años. En el escenario, en la motocicleta y en la calle. Desde que tocaba en Eslabon hasta este día.
Algunos me los critican y otros tantos los halagan, al final del día son parte de una imagen elegida y mientras me agraden los seguiré vistiendo.