Reflexiones de un profesor universitario respecto a la empleabilidad de un músico en 2026

Por Carlos Franco

¿De qué va a vivir un músico?

Hay una pregunta que, tarde o temprano, aparece en la vida de todo estudiante de música. A veces la formula un familiar preocupado, otras veces un amigo que eligió una carrera aparentemente más segura y, en ocasiones, surge de manera silenciosa cuando el propio estudiante comienza a preguntarse qué hará cuando termine la universidad.

La pregunta es sencilla: ¿de qué va a vivir un músico?

Después de años dedicados a la docencia universitaria, la investigación y la actividad musical, considero que responderla exige mucho más que enumerar las posibles salidas profesionales de un egresado. Implica revisar algunas de las ideas que tenemos sobre la educación musical, el mercado laboral y el significado mismo de ser músico.

En 2026, esta reflexión resulta particularmente pertinente. Las tecnologías digitales han transformado la producción, distribución y consumo de música; la inteligencia artificial comienza a modificar distintos procesos creativos y productivos; las plataformas permiten que un artista publique su trabajo sin depender necesariamente de una compañía discográfica, y las fronteras entre disciplinas profesionales son cada vez más permeables.

Sin embargo, hay algo que permanece: estudiar música exige tiempo, disciplina, sensibilidad, conocimiento y una enorme cantidad de trabajo. La cuestión es cómo convertir todo ese esfuerzo en una trayectoria profesional viable.

El modelo tradicional ya no es suficiente

Durante mucho tiempo, la formación musical profesional se articuló alrededor de una aspiración relativamente clara: convertirse en intérprete, compositor, director o docente. En determinadas especialidades, la trayectoria parecía conducir naturalmente hacia una orquesta, una institución educativa, una compañía artística o una carrera como solista.

Estas posibilidades siguen existiendo y algunas continúan siendo metas legítimas y deseables. El problema aparece cuando las presentamos como las únicas formas de realización profesional.

La realidad es que no todos los egresados ocuparán una plaza en una orquesta, conseguirán una posición académica o construirán una carrera como solistas. Tampoco todos desean hacerlo. Muchos músicos desarrollan su actividad profesional mediante una combinación de proyectos, contratos, clases, presentaciones, producción y trabajo independiente.

Esta diversidad no debería interpretarse automáticamente como un fracaso del sistema educativo o como una deficiencia del egresado. En muchos casos, constituye una característica estructural del trabajo musical contemporáneo.

El desafío consiste en preparar a los estudiantes para comprender esa realidad sin renunciar a la excelencia artística.

No se trata de formar músicos que se conformen con cualquier oportunidad laboral. Se trata de formar profesionales capaces de identificar oportunidades, construir proyectos y desarrollar una identidad artística que pueda sostenerse a lo largo del tiempo.

Ser un gran músico no garantiza tener trabajo

Esta afirmación puede resultar incómoda, especialmente dentro de instituciones cuya misión es formar músicos de alto nivel. Sin embargo, conviene reconocerla.

La competencia instrumental, el dominio de la teoría musical, la capacidad interpretativa y el conocimiento del repertorio son elementos fundamentales de la formación. Pero el mercado laboral no evalúa exclusivamente esas competencias.

Un músico puede tocar extraordinariamente bien y tener dificultades para encontrar trabajo. Otro, quizá menos sobresaliente en términos estrictamente interpretativos, puede desarrollar una actividad profesional estable gracias a su capacidad para enseñar, colaborar, gestionar proyectos, comunicarse con otros profesionales y responder a necesidades concretas.

Esto no significa que la calidad artística sea secundaria. Significa que la excelencia musical y la empleabilidad son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes.

En mi experiencia, una de las tareas más importantes de la educación superior consiste precisamente en ayudar a los estudiantes a comprender esa diferencia.

La universidad no debería limitarse a formar intérpretes competentes. También tendría que contribuir a que sus egresados comprendan el entorno en el que ejercerán su profesión, reconozcan sus fortalezas y aprendan a convertir sus conocimientos en propuestas de valor.

Un músico necesita preguntarse no solamente qué sabe hacer, sino también para quién puede hacerlo, qué necesidades puede atender y de qué manera puede construir una relación profesional sostenible alrededor de su trabajo.

El músico del siglo XXI: una profesión, múltiples competencias

Imaginemos a un egresado de una licenciatura en música. Domina su instrumento, conoce los fundamentos de la armonía, puede leer partituras y tiene experiencia interpretativa.

¿Son suficientes estas competencias?

Depende de la trayectoria que desee construir. Pero, en términos generales, conviene que su formación le permita desarrollar otras capacidades complementarias.

1. Competencias artísticas.

Constituyen el núcleo de la profesión. Incluyen el dominio del instrumento o la voz, la lectura musical, la interpretación, la composición, la improvisación y la comprensión del lenguaje musical. Sin una base artística sólida, las demás competencias difícilmente compensarán las limitaciones fundamentales del oficio.

2. Competencias tecnológicas.

La grabación, la edición de audio, los instrumentos virtuales, la grabación y edición de audio, la distribución musical y las herramientas de colaboración remota forman parte del entorno profesional contemporáneo.

No todos los músicos necesitan convertirse en ingenieros de audio. Sin embargo, comprender las tecnologías que intervienen en su actividad puede ampliar considerablemente sus posibilidades de trabajo y colaboración.

3. Competencias pedagógicas.

La enseñanza representa una salida profesional importante para muchos músicos. Pero enseñar música requiere mucho más que dominar una disciplina.

Diseñar experiencias de aprendizaje, identificar dificultades, comunicar conceptos complejos y adaptar las estrategias didácticas a diferentes estudiantes son capacidades que merecen una formación específica.

4. Competencias de gestión y emprendimiento.

Preparar un presupuesto, elaborar una propuesta artística, negociar honorarios, organizar un concierto, gestionar derechos de autor o planificar el lanzamiento de una producción son actividades que forman parte de la vida profesional de numerosos músicos.

No es necesario que cada artista se convierta en empresario. Sí es conveniente que comprenda los aspectos básicos de la gestión de su trabajo y pueda tomar decisiones informadas.

5. Competencias de comunicación y colaboración.

La capacidad para trabajar con otros, cumplir acuerdos, presentar proyectos, mantener relaciones profesionales y comunicar con claridad las propias ideas puede resultar decisiva.

La música es un arte profundamente colaborativo. En consecuencia, saber colaborar también es una competencia profesional.

Estas dimensiones no deben entenderse como una invitación a abandonar la especialización. Por el contrario, pueden ayudar a que un músico altamente especializado encuentre más formas de ejercer su profesión.

La inteligencia artificial y una nueva pregunta sobre el valor del músico

En 2026 resulta difícil reflexionar sobre la empleabilidad sin considerar la inteligencia artificial.

Las herramientas generativas pueden producir acompañamientos, sugerir progresiones armónicas, generar material sonoro, facilitar procesos de edición y participar en tareas que antes requerían una intervención humana considerable.

Esto plantea interrogantes legítimos sobre el futuro de determinadas actividades profesionales, especialmente aquellas que dependen de producir materiales estandarizados o responder a solicitudes muy específicas.

No obstante, sería un error concluir que la tecnología vuelve innecesario al músico.

La creación musical no consiste únicamente en producir sonidos. También implica tomar decisiones estéticas, interpretar contextos, construir significados, desarrollar una voz propia y establecer relaciones humanas mediante el arte.

Además, la tecnología no elimina automáticamente la necesidad de músicos capaces de evaluar sus resultados, dirigir procesos creativos, interpretar obras, trabajar con otros artistas y resolver problemas que requieren criterio especializado.

La cuestión relevante no es si debemos competir contra las máquinas en la producción de cada nota. La pregunta es qué capacidades humanas, artísticas y profesionales podemos desarrollar para trabajar en un entorno donde esas herramientas existen.

Desde esta perspectiva, la alfabetización tecnológica y la inteligencia artificial deberían incorporarse a la reflexión universitaria con sentido crítico. Es necesario conocer sus posibilidades, comprender sus limitaciones y discutir sus implicaciones éticas, económicas y autorales.

Pero también debemos evitar que el entusiasmo tecnológico nos haga olvidar lo esencial: una herramienta no sustituye por sí misma el criterio artístico de quien sabe utilizarla.

El reto educativo consiste en formar músicos que puedan aprovechar la tecnología sin depender intelectualmente de ella.

¿Debe la universidad enseñar a emprender?

Esta pregunta merece especial atención.

En ocasiones, hablar de empleabilidad conduce a una interpretación equivocada: si los egresados tienen dificultades para encontrar trabajo, deben aprender a venderse mejor o convertirse en emprendedores.

Aunque el desarrollo de competencias empresariales puede ser útil, esta respuesta resulta insuficiente si se presenta como una solución universal.

No todos los músicos tienen las mismas condiciones económicas, redes profesionales, responsabilidades familiares o posibilidades de asumir riesgos. Tampoco todos los problemas de empleabilidad se originan en las decisiones individuales.

Las oportunidades de trabajo dependen, entre otros factores, de la inversión cultural, las políticas públicas, las condiciones de contratación, la distribución de recursos y las características de las industrias creativas.

Por ello, la empleabilidad no puede plantearse exclusivamente como responsabilidad del egresado.

Las instituciones educativas también tienen una responsabilidad: revisar sus planes de estudio, establecer vínculos con el entorno profesional, promover prácticas y proyectos interdisciplinarios, facilitar el contacto con posibles empleadores y evaluar de manera sistemática las trayectorias de sus graduados.

En otras palabras, no basta con decirle al estudiante que emprenda. Es necesario proporcionarle herramientas para hacerlo y, al mismo tiempo, contribuir a construir condiciones que permitan el desarrollo de la actividad artística.

Una universidad comprometida con sus estudiantes debe procurar que la formación profesional no termine el día de la graduación.

La importancia de construir un perfil propio

Una de las ventajas de la formación musical es que permite desarrollar combinaciones de conocimientos y habilidades que no siempre siguen trayectorias convencionales.

Un instrumentista puede especializarse en interpretación y, al mismo tiempo, desarrollar competencias en producción musical. Un compositor puede trabajar en música para medios audiovisuales. Un cantante puede combinar su actividad escénica con la enseñanza y la creación de contenidos educativos. Un músico interesado en la tecnología puede participar en proyectos de investigación, desarrollo de herramientas digitales o diseño de experiencias sonoras.

Las posibilidades dependen de la preparación, los intereses personales y las oportunidades disponibles.

En mi propio recorrido profesional he encontrado puntos de encuentro entre la ingeniería electrónica, la música, la tecnología musical, la computación, la investigación y la docencia. Mi formación en estos campos me ha permitido participar en actividades que difícilmente podrían describirse mediante una sola categoría profesional.

No considero que esta trayectoria deba convertirse en un modelo obligatorio para otros músicos. Cada persona tiene intereses y capacidades diferentes. Sin embargo, sí ilustra una idea que considero importante: la identidad profesional no tiene por qué limitarse a una sola etiqueta.

Un músico puede ser intérprete, investigador, docente, productor o desarrollador de tecnología. Puede combinar algunas de estas actividades o concentrarse en una sola.

Lo importante es que la combinación tenga sentido, responda a intereses genuinos y permita construir una vida profesional viable.

La interdisciplinariedad no debe entenderse como una dispersión permanente. También puede ser una forma de especialización: la capacidad de resolver problemas que requieren conocimientos procedentes de diferentes campos.

¿Qué debería preguntarse un estudiante de música?

Más que intentar predecir con exactitud cuáles serán los empleos disponibles dentro de cinco o diez años, considero útil que los estudiantes desarrollen la capacidad de examinar periódicamente su situación y tomar decisiones informadas.

Algunas preguntas pueden ayudar:

  • ¿Cuáles son mis fortalezas musicales y qué me distingue de otros profesionales?
  • ¿Qué actividades relacionadas con la música disfruto y cuáles estoy dispuesto a desarrollar profesionalmente?
  • ¿Qué competencias complementarias podrían ampliar mis posibilidades de trabajo?
  • ¿Conozco las condiciones económicas y laborales del campo en el que deseo desempeñarme?
  • ¿Tengo experiencia colaborando con otros músicos y profesionales?
  • ¿Sé presentar un proyecto, establecer honorarios y negociar condiciones de trabajo?
  • ¿Estoy construyendo un portafolio que permita mostrar mis capacidades?
  • ¿Qué necesito aprender durante el próximo año para acercarme a mis objetivos profesionales?

Estas preguntas no pretenden convertir la vida artística en un ejercicio permanente de cálculo económico. Su propósito es favorecer una relación más consciente entre la vocación, la preparación y las condiciones materiales de la existencia.

Vivir de la música no significa necesariamente obtener todos los ingresos de una única actividad musical. Para algunas personas, significará trabajar como intérpretes de tiempo completo. Para otras, combinar la docencia con presentaciones, producción, investigación o proyectos creativos.

No existe una sola fórmula válida para todos.

Lo que sí considero importante es que cada músico pueda tomar esas decisiones con información suficiente, sin idealizar las dificultades del oficio y sin renunciar anticipadamente a sus aspiraciones artísticas.

El problema no es solamente conseguir empleo, sino construir una vida profesional

Cuando hablamos de empleabilidad, solemos concentrarnos en la posibilidad de conseguir un puesto de trabajo. Sin embargo, esa perspectiva puede quedarse corta para una profesión en la que una parte importante de la actividad se desarrolla mediante proyectos, colaboraciones, servicios independientes y contratos temporales.

En estos casos, conviene pensar también en la capacidad de construir una trayectoria.

Esto implica desarrollar competencias, mantener actualizados los conocimientos, establecer relaciones profesionales, identificar oportunidades y aprender de la experiencia. También supone reconocer cuándo una actividad no es sostenible y cuándo resulta necesario modificar una estrategia.

La estabilidad profesional puede adoptar formas diferentes. No todos los músicos tendrán un contrato permanente, pero tampoco todos desean organizar su vida alrededor de un solo empleo.

Lo fundamental es que las decisiones profesionales permitan conciliar, en la medida de lo posible, los objetivos artísticos con las necesidades económicas y personales.

Esta reflexión tiene especial importancia para quienes estudian una carrera universitaria durante varios años y realizan una inversión considerable de tiempo y recursos en su formación.

La vocación artística merece respeto. Precisamente por eso, debemos evitar la idea de que las dificultades económicas constituyen una consecuencia inevitable de haber elegido la música.

El sacrificio puede formar parte de cualquier trayectoria profesional, pero no debería convertirse en una virtud que justifique indefinidamente la precariedad.

Una responsabilidad compartida

Como profesor universitario, considero que tenemos una responsabilidad con nuestros estudiantes que va más allá de enseñarles a tocar, componer, analizar o comprender la música.

Debemos ayudarles a reconocer la complejidad del mundo profesional en el que se incorporarán.

Esto no significa convertir las aulas en escuelas de negocios ni subordinar la formación artística a las exigencias inmediatas del mercado. Significa reconocer que la formación musical y la preparación para la vida profesional no son objetivos incompatibles.

Una buena educación universitaria debe ofrecer fundamentos artísticos sólidos, estimular el pensamiento crítico, promover la creatividad y proporcionar herramientas para comprender el entorno social, económico y tecnológico.

También debe permitir que los estudiantes experimenten, colaboren, se equivoquen y descubran intereses que quizá no habían considerado al ingresar a la universidad.

Si queremos que nuestros egresados desarrollen carreras profesionales satisfactorias, necesitamos preguntarnos con honestidad si los estamos preparando para algo más que aprobar asignaturas y obtener un título.

Necesitamos conocer sus trayectorias después de graduarse, escuchar sus experiencias y utilizar esa información para mejorar la formación que ofrecemos.

La empleabilidad no debería aparecer como una preocupación tardía, cuando el estudiante está a punto de egresar. Tendría que formar parte de una conversación continua a lo largo de su formación.

A manera de conclusión

En 2026, ser músico profesional exige desenvolverse en un entorno complejo, atravesado por transformaciones tecnológicas, nuevas formas de producción y distribución, y condiciones laborales diversas.

Ante esta realidad, sería un error afirmar que la solución consiste simplemente en tocar mejor, aprender a utilizar herramientas digitales o desarrollar habilidades comerciales. Cada uno de estos elementos puede ser importante, pero ninguno resuelve por sí solo el problema.

La empleabilidad requiere una combinación de formación artística, competencias complementarias, conocimiento del entorno y capacidad para tomar decisiones profesionales. También depende de condiciones estructurales que no están enteramente bajo el control de los músicos ni de las universidades.

Por eso, mi reflexión no es que debamos formar músicos dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguir trabajo. Tampoco que debamos abandonar los ideales artísticos para adaptarnos a las demandas del mercado.

Mi propuesta es más sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: debemos formar músicos capaces de ejercer su profesión con excelencia, comprender su realidad y construir alternativas para desarrollarse en ella.

La música no necesita menos artistas comprometidos. Necesita que quienes eligen este camino cuenten con mejores herramientas para sostenerlo.

Al final, quizá la pregunta más importante no sea solamente de qué va a vivir un músico.

También debemos preguntarnos qué condiciones educativas, institucionales y sociales necesitamos construir para que una persona pueda dedicar su vida a la música sin que su vocación se convierta en una condena económica.

Como profesor, investigador y músico, creo que esa es una conversación que nuestras universidades no pueden seguir posponiendo.

La trampa de creer que ricos y pobres son opuestos morales

Estoy sentada en un café de Polanco con un café del día y unas galletas que compré bajo la ilusión de que son más saludables que las demás. Mientras observo a la gente entrar y salir, me sorprendo pensando en algo incómodo: el privilegio.

Hace poco dejé un empleo corporativo que cualquier persona sensata habría conservado. Un buen sueldo, prestaciones, estabilidad y una trayectoria bastante clara. Lo dejé para escribir.

Cuando cuento esto, las reacciones suelen dividirse en dos grupos. Las personas de contextos parecidos al mío me dicen que soy valiente. Las personas con menos privilegios suelen decir algo más cercano a la verdad:

“Claro, porque tú te lo puedes permitir.”

Hace unos días hablaba de esto con mi prima Betty.

Betty y yo crecimos juntas. Compartimos cumpleaños, juegos y reuniones familiares. Sin embargo, nuestras vidas no empezaron exactamente desde el mismo lugar.

Mientras yo podía dedicarme a estudiar de tiempo completo, ella trabajaba en vacaciones. Mientras yo veía el trabajo como una opción, ella lo veía como una necesidad. Mientras yo podía pensar en perseguir sueños, ella tenía que pensar primero en pagar cuentas.

Y aun así, hay algo curioso. Durante años pensé que nuestras experiencias eran radicalmente distintas. Hoy creo que no tanto.

Ella me reclamaba mis viajes a Europa. Yo le recordaba sus viajes a Guanajuato.

Ella veía privilegios. Yo veía que ambas habíamos crecido con nuestras necesidades básicas cubiertas.

La diferencia estaba en el tamaño del margen de maniobra.

No es lo mismo ser pobre que crecer con menos comodidades. Tampoco es lo mismo tener privilegios que no haber trabajado duro. A veces hablamos de las clases sociales como si fueran categorías morales:

  • Rico = flojo e incompetente.
  • Pobre = esforzado y virtuoso.

La realidad rara vez es tan simple.

He conocido personas privilegiadas profundamente capaces y trabajadoras. También he conocido personas con pocos recursos que, como cualquier ser humano, tienen defectos, errores y contradicciones.

El problema no es reconocer que existen diferencias económicas. El problema es convertir esas diferencias en juicios automáticos sobre el valor de las personas.

Confieso que durante mucho tiempo sentí cierta culpa por las ventajas con las que nací.

Esa culpa sigue apareciendo de vez en cuando.

¿Por qué yo puedo darme el lujo de perseguir ciertas cosas cuando otras personas apenas tienen tiempo para descansar?

No tengo una respuesta perfecta.

Lo único que sé es que negar el privilegio no ayuda a nadie, pero vivir avergonzado de él tampoco cambia la realidad.

Quizá lo más honesto sea reconocer desde dónde hablamos.

Yo no puedo escribir sobre la pobreza extrema como si la hubiera vivido. Sería una impostora. Pero sí puedo hablar de las contradicciones de quienes crecimos con necesidades cubiertas y aun así sentimos un enorme vacío.

Porque esa es otra de las cosas que aprendí.

Después de cierto punto, la fórmula tradicional deja de funcionar.

Casa.

Coche.

Dinero.

Ascensos.

Más dinero.

Más cosas.

Y luego, ¿qué?

Nos enseñaron que la felicidad estaba escondida detrás del siguiente logro, pero muchas veces descubrimos que no estaba ahí.

No estoy diciendo que el dinero no importe. Claro que importa. La estabilidad importa. La seguridad importa.

Lo que estoy diciendo es que no pueden ser el destino final.

Tarde o temprano uno tiene que preguntarse quién es cuando ya alcanzó aquello que se suponía que debía hacerlo feliz.

Esa pregunta fue la que me hizo dejar un empleo estable para intentar escribir.

Tal vez sea una locura.

Tal vez fracase.

Tal vez dentro de unos años vuelva a una oficina y me ría de esta etapa romántica.

Pero hoy prefiero intentar encontrar algo más.

Porque si la vida se reduce únicamente a acumular cosas, entonces estamos desperdiciando la oportunidad de descubrir quiénes somos realmente.

Y eso, al menos para mí, sería una pérdida mucho más grande que cualquier fracaso profesional.

Postales de Los Ángeles: Entre el glamour inalcanzable, la sazón de la calle y las estrellas

Viajar a Los Ángeles es enfrentarse constante y fascinantemente a un juego de contrastes. Es una ciudad donde el lujo más estrafalario convive pared con pared con la calidez del trabajo diario, y donde el verdadero espectáculo muchas veces ocurre lejos de las pantallas de cine. En este recorrido por cuatro de sus rincones más emblemáticos, les comparto cómo se vive la experiencia desde la mirada del viajero curioso.

1. Hollywood Boulevard: Pisar la fama y saborear la calle

Hollywood Boulevard es, ante todo, un lugar para curiosear. Caminar por sus banquetas implica ir esquivando turistas mientras miras hacia el suelo buscando nombres conocidos en las famosas estrellas del Paseo de la Fama. Entre tiendas repleta de recuerdos, figurillas doradas del Oscar de plástico y recuerditos de todo tipo, la avenida respira un bullicio constante.

Pero el verdadero toque auténtico de la visita no está en las tiendas de souvenirs, sino en la calle. Al caer la tarde, el aroma de la comida te guía directo hacia un camión de comida atendido por paisanos mexicanos. Nada supera la experiencia de pedir un clásico hot dog envuelto en tocino, preparado al momento y servido con todo su cilantro y cebolla asada. En medio del brillo hollywoodense, ese bocado te reconecta de inmediato con el sazón, la amabilidad y la esencia del mexicano.

2. Rodeo Drive: La vitrina del lujo astronómico

A pocos minutos de ahí, el escenario cambia drásticamente. Rodeo Drive ofrece un interesante paseo por el corazón de la opulencia. Aquí la dinámica no es comprar, sino merodear y admirar las vitrinas de las marcas más exclusivas del mundo.

Es imposible caminar entre sus impecables aceras sin que te asalte el asombro o una risa incrédula al ver los precios. Contemplar un reloj Santos de Cartier exhibido con elegancia te hace preguntarte inevitablemente: ¿quién será capaz de invertir más de un millón de pesos en un reloj? En Rodeo Drive, la moda se convierte en una galería de arte inalcanzable para el peatón común, pero curiosa de atestiguar.

3. Beverly Hills: La ilusión de las celebridades

Continuando por el vecindario, Beverly Hills nos recibe con su emblemático letrero, una postal clásica que parece rescatada directamente del pasado. Sus avenidas arboladas y calles infinitas albergan algunas de las propiedades más costosas del planeta.

Sin embargo, para el visitante que sueña con ver de cerca la vida de las celebridades, la realidad es bastante más sobria: lo único que alcanzas a apreciar desde la calle son imponentes casetas de vigilancia, altas rejas y enormes bardas cubiertas de plantas espesas diseñadas para blindar la privacidad de sus famosos dueños. Aun así, recorrer sus calles tiene un encanto singular, ver casas de súper lujo a pie de calle que en México solo podrían existir al interior de un fraccionamiento o convertidas en embajadas en Lomas de Chapultepec.

4. El Observatorio Griffith: La mejor recompensa en lo alto de la colina

Para cerrar con broche de oro, la cita obligada es en el Observatorio Griffith. La aventura comienza desde la llegada: dejas el auto estacionado en una calle con declive bastante pronunciado y, tras pagar los 40 dólares de estacionamiento, te espera una caminata cuesta arriba de unos 200 metros hasta llegar al imponente edificio situado en la cumbre.

A pesar del esfuerzo físico y la pendiente, vale totalmente la pena.

El edificio en sí es una joya arquitectónica. En su interior te recibe el impresionante péndulo de Foucault, cuya oscilación constante te demuestra en vivo la rotación de la Tierra, un espectáculo hipnotizante tanto para niños como para adultos. Además, su planetario ofrece una experiencia inmersiva fascinante sobre el cosmos. Y cuando sales a las terrazas, te encuentras con la recompensa final: una vista panorámica e inolvidable de toda la cuenca de Los Ángeles perdiéndose en el horizonte. Además con algunos telescopios te dejan mirar la luna, Venus y alguna que otra estrella.

Un Día entre Océano, Cine y Realidad: Mi Paso por las Playas de Los Ángeles

Visitar Los Ángeles siempre viene cargado de expectativas cinematográficas, pero la realidad tiene sus propios matices. En mi reciente viaje me enfoqué en la costa, donde el pacífico te recibe con una combinación curiosa: un mar verdaderamente frío, pero bajo un clima cálido y soleado que invita a quedarse.

Decidí visitar dos playas emblemáticas y el contraste entre ambas no pudo ser mayor.

1. Santa Mónica: Entre la Luces del Muelle y la Nostalgia del Cine

Santa Mónica es, sin duda, la cara más mediática de LA. El icónico muelle con sus luces, la feria y la mítica montaña rusa valen totalmente la pena para sentarte a ver el paisaje y sentir la vibra angelina.

Sin embargo, hay un choque inevitable de expectativa contra realidad: el famoso andador de patinadores. Creces viéndolo en las películas como un lugar vibrante, lleno de energía y glamour retro, pero en persona resulta ser un escenario bastante más sobrio, incluso algo triste. Aún así, pasear por el muelle sigue siendo una parada obligada para palpar el ritmo de la ciudad.

2. El Matador Beach en Malibú: Naturaleza Imponente

Si Santa Mónica es el bullicio urbano, El Matador Beach en Malibú es todo lo contrario: pura naturaleza dramática.

Las rocas en El Matador

Ubicada a las faldas de una barranca, el acceso exige descender hacia una franja de arena custodiada por enormes formaciones rocosas que emergen del agua. Las rocas gigantes interrumpiendo el golpe del oleaje crean un paisaje visualmente impresionante y perfecto si buscas una experiencia costera más salvaje y fotogénica.

Veredicto: Si tienes poco tiempo, Los Ángeles te obliga a elegir. Pero combinar la energía popular de Santa Mónica con el paisaje imponente de Malibú te da una radiografía completa de lo que la costa californiana realmente es (sin filtros de película).

Cómo combatir la falta de atención de los estudiantes

En esta ocasión vamos a emitir una opinión no respaldada por papers académicos pero fundamentada en la observación de los últimos 10 años de labor docente de quien esto escribe.

Hoy los profesores y profesoras, hablo del ámbito de la educación a nivel superior pero sospecho que igual es en otros niveles, percibimos una falta de interés en asistir a clases o permanecer sentados sesiones mayores a una hora. Así como la falta de interés en la lectura de textos con contenidos relevantes a las asignaturas.

Esto puede ser por varias razones, la primera de ellas es que hoy muchas personas tenemos esa necesidad de inmediatez en la información. Así nos hemos acostumbrado por las redes sociales.

Basta saber que en promedio, una persona mira un vídeo 16 segundos máximo si son reels o 3 minutos en vídeos instruccionales de YouTube.

Eso mencionamos respecto a vídeos, en blogs escritos como el que usted lector/lectora nos hace favor de leer son todavía más pequeñas las cifras. La gente prefiere una imagen antes que palabras y eso no es un secreto, tiene que ver con la naturaleza humana.

No es extraño entonces en el contexto de la educación superior, donde invariablemente el estudiante se va a enfrentar a material escrito. La dificultad que va a percibir al leer libros o ensayos con miles de palabras.

Hemos visto también un cierto número de estudiantes que prefiere seguir la clase en línea de forma asíncrona ya que les ahorra tiempo en traslados y les evita concentrarse en una sesión presencial por más de una hora.

¿Que se puede hacer al respecto? Considerar la posibilidad de adaptarse a esta realidad, negarla y pretender someter al estudiante a permanecer sentado hasta dos horas tomando notas es poco probable que resulte en una clase exitosa.

Algunos dicen que el máximo de atención de una charla oral es de 20 minutos. Percibo que más de un colega se frotará las manos pensando en acortar la clase. Lo que recomiendan los investigadores como Bradbury (2016) es romper la clase en micro sesiones, respetando la exposición oral de 20 minutos y el tiempo restante permitir debate entre alumnos, realizar dinámicas grupales o ejercicios prácticos.

Otro elemento que quizás valga la pena destacar es la pasión. Qué tan entusiasmados nos perciben los estudiantes al hablar del tema en cuestión. Normalmente conocemos los temas de las materias que impartimos dado que es una vocación. En otros casos los tenemos que aprender desde cero, aún así conviene presentarlos de forma tal que se perciba como si lleváramos años de dominio en ellos.

Si pensamos en las famosas TED talks, que por cierto duran 18 minutos, vemos dos elementos principales en los oradores: pasión al hablar y narrativas interesantes.

Con esto último cerraremos este texto: “A la gente nos gusta escuchar historias”. Habrá situaciones muy a menudo donde es difícil plantear narrativas cautivadoras pero vale la pena hacerlo en medida de lo posible.

De Ingenuidad y Adaptación

A los 16 años uno siente una anticipación tremenda de lo que será su vida adulta, al menos eso le pasó al autor de este texto.

16 años y uno cree que grandes cosas vienen adelante. Ingennus, nacido libre o natural dice la raíz latina. Que mejor edad para ejemplificar esto. Uno pensaba que viviría componiendo y tocando música y gozando de fama y fortuna a la manera de las grandes estrellas de rock. Muchas veces pensando en trabajar en lo que más disfrutamos hacer a esa edad.

Los adultos que nos guían, llámese padre, madre, abuelos, hermanos mayores o maestros que sueltan ideas como “Los sueños son importantes pero hay que saber adaptarse a la realidad”

Generalmente la respuesta a ese concepto en la mente adolescente es “Eso a mí no me va a pasar”. Nuevamente consecuencia de la ingenuidad y del desconocimiento de los costos reales de la vida material, con mucha energía seguimos adelante con nuestras acciones para conseguir ese sueño.

Con el paso del tiempo uno se da cuenta de que las cosas no son como las imaginaba. Algunas veces son completamente opuestas a la creencia y otro tanto ni siquiera existen en realidad, esto sucede a menudo en el ámbito de la música, donde ni siquiera existe una industria estable.

En estos momentos es donde hay que recordar el consejo y ver si es posible adaptarse a la situación adversa o tal vez abandonarla y buscar otro objetivo. Recordemos el texto https://francocarlos.com/2024/07/23/la-poliactividad-del-musico-profesional/

Para el caso de quien esto escribe no fue abandonar de manera absoluta un sueño, fue adaptarlo a la realidad. Como ya hemos mencionado en el enlace arriba expuesto nos cobija una institución de educación superior con un ingreso estable y servicio médico.

Al día de hoy seguimos tocando y componiendo, la fama y fortuna de las estrellas de rock es inexistente pero también innecesaria ya que el autor de estas líneas se considera una persona feliz. Concepto que también pasamos por alto y que no es poco relevante.

Si analizamos un poco el tema de fama, vemos obedece a esta necesidad humana de sentirse visto, amado y validado. En mi experiencia y en las de los que he observado esta necesidad se satisface sin el aprecio de las multitudes, con el amor y amistad de unos cuantos es suficiente.

Desear fortuna es heredado de la lógica de capital donde el éxito económico consiste en tener una riqueza exagerada. Con tener suficiente para satisfacer las necesidades materiales de uno y su familia no hace falta más. Hay incluso un estudio que respalda este concepto https://www.lideractual.es/finanzas/un-estudio-en-109-paises-desmonta-la-idea-clasica-no-es-cuanto-ganas-sino-en-que-lugar-estas_13201

A manera de cierre diremos que no tratamos de disuadir a las juventudes de abandonar esos trabajos de ensueño. Más no está mal decir que es importante ser conscientes de la realidad que nos toca enfrentar. No es evitar riesgos es más bien calcularlos.

Dualidad del artista

Presentación en dos registros

Hay nombres que organizan la agenda y nombres que afinan la voz. Uno abre la puerta del correo, el otro enciende la luz del estudio. No son rivales; son modos distintos de estar en el mundo.


La doble costura de la vida cotidiana y la escena

En la mañana atiendo oficios, respondo mensajes y sostengo compromisos. En la noche me pruebo una frase, un gesto, un color que me devuelve otra postura. No es ocultamiento: es cuidado. Elegir dónde y cuándo mostrar cada faceta es una forma de proteger lo que importa sin renunciar a lo que me alimenta.


Rituales que anclan

Antes de salir al ensayo respiro tres veces, digo una palabra que me pertenece y ajusto un detalle que me recuerda quién soy. Ese pequeño rito no es teatralidad vana; es un puente entre la responsabilidad y la libertad. La música, la ropa, el gesto: todo se vuelve herramienta para sostener una presencia más amplia.


Discreción como estrategia creativa

La prudencia no es silencio por miedo; es una decisión política y práctica. Hay pactos con quienes me rodean, límites claros y una palabra que detiene la escena si hace falta. Con esos acuerdos, la creatividad puede crecer sin poner en riesgo lo construido en otros ámbitos.


Lo que se gana al integrar

Permitir que distintas voces convivan me hace más coherente y más potente. La tensión interna baja, la energía creativa sube y la música encuentra matices que antes no estaban. Ser plural no me fragmenta: me da más paleta para pintar.


Cierre

Si me cruzas en la calle quizá me veas con la seriedad del día; si me encuentras en el estudio, quizá me reconozcas por el brillo en la voz. Son registros distintos de la misma presencia. Bienvenidos ambos.

¿Vale la pena la Universidad en 2026? Por qué seguimos yendo aunque no garantice el éxito.


La pregunta ronda cada vez más los pasillos de las secundarias y las cenas familiares: ¿Sigue siendo la universidad el “boleto dorado” al éxito? Hace 40 años, un título era sinónimo de estabilidad. Hoy, en un mundo donde una mujer veinteañera con una cámara puede ganar más que un cirujano y las IA redactan informes en segundos, la respuesta es compleja. El título ya no garantiza riqueza, pero las aulas siguen llenas.

Aquí analizamos las razones por las cuales el sistema universitario sigue siendo importante en nuestra sociedad, incluso cuando su promesa original parece estar rota.

1. El Título como “Señal” (Teoría de la Señalización de Spence)

Para las empresas, el diploma no siempre es una prueba de conocimiento técnico, sino un filtro de carácter. Terminar una carrera demuestra que tienes la disciplina para completar un proyecto complejo durante años. Es una señal (Spence,1973) que reduce el riesgo para el empleador: “Si pudo con conceptos complejos sujetos a el rigor académico, probablemente podrá con este puesto”.

2. El Valor Invisible: El Capital Social

Este punto aplica principalmente a las universidades privadas de renombre. A menudo, lo que pagas no es la clase de las 8:00 AM, sino la red de contactos que construyes. Los compañeros de banca hoy serán los socios, clientes o directivos de mañana. El famoso “no es qué sabes, sino a quién conoces” sigue siendo la moneda de cambio más fuerte en algunos sectores del mercado laboral (Barragán-Perea, 2022)

3. El “Piso” vs. el “Techo”

Es cierto que el título ya no garantiza un “techo” de ingresos ilimitados, pero estadísticamente sigue elevando el piso. En tiempos de crisis económica, los profesionales con estudios superiores mantienen tasas de desempleo significativamente menores. No te asegura ser rico, pero funciona como un seguro contra la precariedad extrema. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO,2022)

4. Maduración y Habilidades Blandas

La universidad es, para muchos, el “laboratorio de la adultez”. Es el espacio donde se desarrolla el pensamiento crítico, la capacidad de debate y la gestión del tiempo. Además de la empatía, manejo de emociones y trabajo en equipo. Estas habilidades son difíciles de replicar en cursos online rápidos y son precisamente las que la IA todavía no puede automatizar. (British Council, 20225)

5. La Inercia de la Narrativa Social

No podemos ignorar el peso de la tradición. Existe una presión cultural enorme que dicta que “estudiar es el único camino”. Romper con esta expectativa requiere una claridad de propósito que pocos tienen a los 18 años, convirtiendo a la universidad en la opción por defecto. En países como México sigue siendo prácticamente una obligación en las familias de clase media. No hay que olvidar que la educación desde básica hasta media superior es un derecho proporcionado por el estado.


Conclusión

La universidad ha mutado: ya no es una garantía de éxito, sino un requisito de entrada. Ya no te asegura ganar la carrera, pero para la gran mayoría, sigue siendo lo que les permite estar en la línea de salida.

Referencias

Spence, M. (1973). Job Market Signaling. Quarterly Journal of Economics.

Barragán-Perea, Efraín Alfredo, Tarango, Javier, & González-Quiñones, Fidel. (2022). Obstáculos para la movilidad social de egresados de educación superior: la persistencia de las brechas en el acceso a oportunidades. Diálogos sobre educación. Temas actuales en investigación educativa, 13(25), 00013. Epub 27 de enero de 2023.https://doi.org/10.32870/dse.v0i25.1163

Instituto Mexicano para la competitividad 2022. https://imco.org.mx/los-trabajadores-con-licenciatura-ganan-78-mas-y-acceden-a-mejores-puestos-que-aquellos-unicamente-con-bachillerato/

Consejo Británico, 2025. https://corporate.britishcouncil.org/insights/5-soft-skills-your-organisation-needs-age-ai

https://revista.unam.mx/vol.18/num7/art52/index.html

Gastar más de lo que se ingresa

Gastar más de lo que se gana no es solo un problema financiero: es, sobre todo, un síntoma. Un síntoma de cómo vivimos el tiempo, el deseo, la presión social y la relación íntima que cada quien tiene con la idea de “suficiencia”. Cuando lo miramos con calma, sin culpa, aparece algo más profundo que simples números en una hoja de cálculo.

Por qué gastamos más de lo que ganamos

No suele ser por falta de inteligencia o disciplina. Hay fuerzas más sutiles en juego:

  • El deseo de pertenecer — Muchas compras nacen de la necesidad de sentirnos parte de un grupo, de un estilo de vida, de una narrativa. Gastar se vuelve una forma de decir “yo también estoy aquí”.
  • El alivio inmediato — Comprar puede funcionar como un pequeño ritual de consuelo. Un escape rápido frente al cansancio, la frustración o la incertidumbre.
  • La ilusión del “luego lo arreglo” — El futuro parece un lugar donde tendremos más energía, más ingresos, más claridad. Así, el presente se siente autorizado a desbordarse.
  • La presión del entorno — Redes sociales, publicidad, amistades, familia: todos construyen expectativas sobre cómo “deberíamos” vivir, vestir, viajar, celebrar.

Cuando juntamos todo, gastar de más se convierte en una forma de sostener una identidad que a veces ni siquiera es la nuestra.

El costo invisible: no es el dinero, es la paz

El verdadero desgaste no está en la cuenta bancaria, sino en lo que ocurre dentro:

  • La ansiedad de revisar el estado de cuenta.
  • La sensación de estar siempre “corriendo detrás”.
  • La culpa silenciosa que acompaña cada compra.
  • La pérdida de libertad para decidir sin miedo.

Vivir así es como caminar con una mochila llena de piedras: avanzas, pero cada paso pesa más de lo necesario.

Hacia una relación más sana con el dinero

No se trata de volverse austero ni de renunciar al placer. Se trata de recuperar control.

  • Nombrar lo que realmente queremos — ¿Qué deseo estoy intentando satisfacer cuando compro? ¿Conexión? ¿Descanso? ¿Reconocimiento?
  • Crear pequeños rituales de claridad — Revisar gastos no como castigo, sino como acto de cuidado propio.
  • Redefinir el éxito — Menos “tener” y más “estar”: estar tranquilo, estar presente, estar en control.
  • Construir un margen de respiro — Un pequeño ahorro, por mínimo que sea, funciona como un recordatorio de que el futuro también merece cuidado.

Cuando el dinero deja de ser un enemigo o un misterio, se convierte en un aliado para vivir con más intención.

Una reflexión final

Gastar más de lo que se gana no es un fracaso personal. Es una conversación pendiente entre lo que somos, lo que deseamos y lo que creemos que necesitamos para sentirnos suficientes. Resolverlo no empieza con una calculadora, sino con honestidad y respeto hacia uno mismo.