La trampa de creer que ricos y pobres son opuestos morales

Estoy sentada en un café de Polanco con un café del día y unas galletas que compré bajo la ilusión de que son más saludables que las demás. Mientras observo a la gente entrar y salir, me sorprendo pensando en algo incómodo: el privilegio.

Hace poco dejé un empleo corporativo que cualquier persona sensata habría conservado. Un buen sueldo, prestaciones, estabilidad y una trayectoria bastante clara. Lo dejé para escribir.

Cuando cuento esto, las reacciones suelen dividirse en dos grupos. Las personas de contextos parecidos al mío me dicen que soy valiente. Las personas con menos privilegios suelen decir algo más cercano a la verdad:

“Claro, porque tú te lo puedes permitir.”

Hace unos días hablaba de esto con mi prima Betty.

Betty y yo crecimos juntas. Compartimos cumpleaños, juegos y reuniones familiares. Sin embargo, nuestras vidas no empezaron exactamente desde el mismo lugar.

Mientras yo podía dedicarme a estudiar de tiempo completo, ella trabajaba en vacaciones. Mientras yo veía el trabajo como una opción, ella lo veía como una necesidad. Mientras yo podía pensar en perseguir sueños, ella tenía que pensar primero en pagar cuentas.

Y aun así, hay algo curioso. Durante años pensé que nuestras experiencias eran radicalmente distintas. Hoy creo que no tanto.

Ella me reclamaba mis viajes a Europa. Yo le recordaba sus viajes a Guanajuato.

Ella veía privilegios. Yo veía que ambas habíamos crecido con nuestras necesidades básicas cubiertas.

La diferencia estaba en el tamaño del margen de maniobra.

No es lo mismo ser pobre que crecer con menos comodidades. Tampoco es lo mismo tener privilegios que no haber trabajado duro. A veces hablamos de las clases sociales como si fueran categorías morales:

  • Rico = flojo e incompetente.
  • Pobre = esforzado y virtuoso.

La realidad rara vez es tan simple.

He conocido personas privilegiadas profundamente capaces y trabajadoras. También he conocido personas con pocos recursos que, como cualquier ser humano, tienen defectos, errores y contradicciones.

El problema no es reconocer que existen diferencias económicas. El problema es convertir esas diferencias en juicios automáticos sobre el valor de las personas.

Confieso que durante mucho tiempo sentí cierta culpa por las ventajas con las que nací.

Esa culpa sigue apareciendo de vez en cuando.

¿Por qué yo puedo darme el lujo de perseguir ciertas cosas cuando otras personas apenas tienen tiempo para descansar?

No tengo una respuesta perfecta.

Lo único que sé es que negar el privilegio no ayuda a nadie, pero vivir avergonzado de él tampoco cambia la realidad.

Quizá lo más honesto sea reconocer desde dónde hablamos.

Yo no puedo escribir sobre la pobreza extrema como si la hubiera vivido. Sería una impostora. Pero sí puedo hablar de las contradicciones de quienes crecimos con necesidades cubiertas y aun así sentimos un enorme vacío.

Porque esa es otra de las cosas que aprendí.

Después de cierto punto, la fórmula tradicional deja de funcionar.

Casa.

Coche.

Dinero.

Ascensos.

Más dinero.

Más cosas.

Y luego, ¿qué?

Nos enseñaron que la felicidad estaba escondida detrás del siguiente logro, pero muchas veces descubrimos que no estaba ahí.

No estoy diciendo que el dinero no importe. Claro que importa. La estabilidad importa. La seguridad importa.

Lo que estoy diciendo es que no pueden ser el destino final.

Tarde o temprano uno tiene que preguntarse quién es cuando ya alcanzó aquello que se suponía que debía hacerlo feliz.

Esa pregunta fue la que me hizo dejar un empleo estable para intentar escribir.

Tal vez sea una locura.

Tal vez fracase.

Tal vez dentro de unos años vuelva a una oficina y me ría de esta etapa romántica.

Pero hoy prefiero intentar encontrar algo más.

Porque si la vida se reduce únicamente a acumular cosas, entonces estamos desperdiciando la oportunidad de descubrir quiénes somos realmente.

Y eso, al menos para mí, sería una pérdida mucho más grande que cualquier fracaso profesional.

El sonido como cuerpo sin Rostro: Composición Abstracta

No hay melodía.
No hay forma reconocible.
Solo una vibración que insiste, que se despliega como niebla sobre el campo sonoro.

La composición abstracta no busca agradar.
No seduce.
No explica.
Es un cuerpo sin rostro que se mueve por intuición,
como si el sonido tuviera memoria propia
y yo solo fuera el médium que lo deja pasar.

Trabaja con texturas.
Ruido blanco filtrado como si fuera seda.
Un pulso grave que no marca tiempo, sino respiración.
Y una voz sintética que no dice nada, pero lo dice todo.

No sé si esto será parte de un álbum.
No sé si alguien lo escuchará.
Pero sé que, al hacerlo, algo se ordenó dentro de mí.

La abstracción no es evasión.
Es otra forma de presencia.
Una que no necesita palabras, ni rostro, ni historia.

Solo el sonido.
Solo el gesto.
Solo el instante en que dejo de ser yo
y me convierto en vibración.

La música no tiene que ser melódica, ni armónica, ni siquiera reconocible para ser hermosa.
A veces, lo más conmovedor es aquello que no se puede nombrar: un zumbido, una textura, una vibración que toca algo profundo sin pedir permiso.
La belleza no está en la forma, sino en la honestidad del gesto.
Y cuando ese gesto nace desde lo más íntimo, incluso el ruido puede ser un poema.

Entre el silencio y el sonido: una nota sobre la creación

Hay días en que el mundo parece hecho de ruido. No el ruido externo, sino ese murmullo interno que nos empuja a producir, a demostrar, a estar presentes en todas partes menos en nosotros mismos.

Pero en medio de ese torbellino, hay un espacio sagrado: el instante en que una idea se convierte en sonido, en palabra, en gesto. Ese momento no se puede forzar. Se cultiva. Se espera. Se honra.

Crear no es solo hacer. Es escuchar. Es permitir que algo nos atraviese y se manifieste con nuestra voz, nuestra estética, nuestra historia.

Hoy no vengo a mostrar resultados. Vengo a compartir el proceso. A decir que está bien no tener respuestas, que está bien explorar sin mapa, que está bien ser un laboratorio de emociones y formas.

Porque en ese espacio incierto, ahí es donde nace lo auténtico.

Es importante mencionar que esos momentos de escucha deben ser parte de una rutina, quizás de cada tercer día en cierta hora. El objetivo es convertir esos momentos en un hábito.

En esta vida no podemos tener lo sublime sin lo pedestre. De ahí que a veces sea incluso conveniente programar en agenda momentos de reflexión.

Sentarse un martes a las 3:30, aprovechando reposar la comida, a pensar en la próxima composición, la próxima ejecución o la siguiente entrada de blog es un buen ejercicio.

Música y multimedia: cuando el arte se vuelve conversación interdisciplinaria (y transdisciplinaria)

En un mundo donde los lenguajes creativos convergen, la música ha dejado de ser un arte aislado. Hoy más que nunca, dialoga con la imagen, el movimiento, la narrativa digital y la programación interactiva. La multimedia no solo acompaña a la música: la potencia, la desafía y, a veces, la transforma.

La interdisciplinariedad implica el diálogo entre campos: compositores colaborando con cineastas, músicos que crean junto a artistas visuales o programadores. Cada quien aporta desde su especialidad, pero el resultado es común, más amplio que la suma de sus partes.

La transdisciplinariedad, en cambio, va más allá: es una fusión radical de saberes, donde las fronteras entre disciplinas se desdibujan y surge un nuevo lenguaje. Aquí, el músico no solo colabora, sino que deviene también un poco diseñador, un poco performer, un poco narrador digital. La obra deja de pertenecer a una sola categoría y se convierte en experiencia viva, cambiante, híbrida.

En este terreno, componer una pieza puede implicar también pensar en cómo se verá en una instalación, qué colores la acompañarán, cómo se traducirá en experiencia inmersiva para el espectador. Las preguntas ya no son solo “¿cómo suena?”, sino también “¿cómo se ve?”, “¿cómo se siente?” y “¿cómo se vive?”.

Este cruce entre disciplinas no implica diluir la especificidad musical, sino expandirla. En esa expansión hay riesgo, pero también asombro. Porque la música, al rozarse con otros lenguajes, revela nuevas capas de sentido. La transdisciplina no borra la música: la reinventa.

Y en medio de todo eso, hay algo profundamente humano: el deseo de comunicar. De que el sonido no solo se escuche, sino que habite el espacio, el cuerpo, la mirada.

¿Por qué alguien elige ser artista sabiendo que implica una vida precaria?

Digamos la verdad: dedicarse al arte es, en muchos sentidos, una locura. Es lanzarse al mar con un bote sin remos, con la esperanza de que la corriente —si uno sabe escucharla— te lleve a algún sitio con tierra firme y algo de luz.

Pero, ¿por qué alguien lo hace? ¿Por qué, sabiendo que hay caminos más estables, más predecibles, más “seguros”, uno elige la música, la danza, la palabra, la imagen?

No es una respuesta simple, pero sí es profundamente humana.

1. Porque no hay otra opción

Ser artista no siempre es una decisión. A veces es una urgencia. Una voz interna que no se calla. Una necesidad de traducir lo que se siente en forma, en sonido, en materia. Cuando uno lo intenta dejar, la vida pierde sentido. Y entonces, incluso con miedo, vuelve.

2. Porque el arte es una forma de resistir

En un mundo saturado de ruido, prisa y fórmulas vacías, el arte se convierte en un acto de resistencia. Es decir: “esto que siento, que observo, que imagino, vale la pena ser compartido”. En ese gesto hay dignidad. Hay belleza. Y hay también una fuerza subversiva: la de quien crea sin pedir permiso.

3. Porque sí hay recompensa, aunque no sea económica

Un aplauso íntimo. Un mensaje de alguien que se sintió acompañado por una canción. Un silencio colectivo frente a una función. Un niño que dibuja después de verte pintar. Esos momentos valen. Son fugaces, sí, pero reales. Y muchos artistas viven para eso: para tocar la vida de otro, aunque sea por un segundo.

4. Porque el arte también construye comunidad

No se trata sólo de crear para uno mismo. El arte convoca. Une. Organiza. Permite que aparezca otra forma de estar juntos. Una que no se basa en el consumo o la productividad, sino en la escucha, en la vulnerabilidad, en la experiencia compartida.

5. Porque el arte da sentido

Quizá lo más poderoso: el arte da sentido. Y eso no es poca cosa. Porque el mundo puede ser muy gris, muy cruel, muy frío. Y el arte —con todas sus formas— nos recuerda que hay todavía espacios donde el alma puede respirar.

¿Implica precariedad? Sí. ¿Renuncias? Por supuesto. Pero quienes lo eligen de corazón lo saben: hay cosas más importantes que la seguridad. Como la libertad. Como la verdad. Como ese temblor que aparece cuando una obra se termina y —aunque nadie lo vea aún— uno sabe que algo esencial ha sido dicho.

¿Y tú? ¿Qué estás eligiendo sostener, aunque cueste?

Sobrevivir en la distopía musical mexicana

Por Erica Lux

En una esquina del centro, mientras la licuadora de jugos pelea con el claxon del microbús, una flauta dulce produce melodías sobre el bullicio. No es una metáfora: soy yo, escuchando Vangelis. Con los audífonos puestos y la mente en Blade Runner, mientras espero a que se enfríe la milanesa que estoy a punto de meter al pan y entregar al cliente que espera.

Ser músico en México no es sólo una vocación, es un deporte de resistencia. Entre una clase de armonía y una tocada mal pagada, vamos armando nuestras vidas con retazos de ingreso, talento y fé. Aunque suene dramático, no es del todo pesimista: es más bien una forma singular de existencia. Atmosférica, como un pad analógico; real, como el sudor en el foro cuando se cae el monitor en pleno solo.

Según el CONEVAL, vivir dignamente en Puebla requiere un ingreso mensual de aproximadamente $13,000 pesos. Según mi cuenta bancaria, vivir de la música requiere magia negra, doble jornada y una habilidad en Excel que jamás imaginé desarrollar. Aún así, aquí estamos. Porque aunque no siempre pague bien, hacer música sigue siendo una forma de insistir con belleza en medio del caos.

¿Y sabes qué? En medio de todo, también hay gozo: cuando una alumna entiende cómo resuelve una séptima menor, cuando alguien llora con una canción tuya, cuando en vez de caer al abismo decides subirle distorsión a la guitarra.

No hay conclusión clara. Sólo este gesto insistente de seguir componiendo, resistiendo, sonando.

Cuando la cosa se pone difícil