Reflexiones de un profesor universitario respecto a la empleabilidad de un músico en 2026

Por Carlos Franco

¿De qué va a vivir un músico?

Hay una pregunta que, tarde o temprano, aparece en la vida de todo estudiante de música. A veces la formula un familiar preocupado, otras veces un amigo que eligió una carrera aparentemente más segura y, en ocasiones, surge de manera silenciosa cuando el propio estudiante comienza a preguntarse qué hará cuando termine la universidad.

La pregunta es sencilla: ¿de qué va a vivir un músico?

Después de años dedicados a la docencia universitaria, la investigación y la actividad musical, considero que responderla exige mucho más que enumerar las posibles salidas profesionales de un egresado. Implica revisar algunas de las ideas que tenemos sobre la educación musical, el mercado laboral y el significado mismo de ser músico.

En 2026, esta reflexión resulta particularmente pertinente. Las tecnologías digitales han transformado la producción, distribución y consumo de música; la inteligencia artificial comienza a modificar distintos procesos creativos y productivos; las plataformas permiten que un artista publique su trabajo sin depender necesariamente de una compañía discográfica, y las fronteras entre disciplinas profesionales son cada vez más permeables.

Sin embargo, hay algo que permanece: estudiar música exige tiempo, disciplina, sensibilidad, conocimiento y una enorme cantidad de trabajo. La cuestión es cómo convertir todo ese esfuerzo en una trayectoria profesional viable.

El modelo tradicional ya no es suficiente

Durante mucho tiempo, la formación musical profesional se articuló alrededor de una aspiración relativamente clara: convertirse en intérprete, compositor, director o docente. En determinadas especialidades, la trayectoria parecía conducir naturalmente hacia una orquesta, una institución educativa, una compañía artística o una carrera como solista.

Estas posibilidades siguen existiendo y algunas continúan siendo metas legítimas y deseables. El problema aparece cuando las presentamos como las únicas formas de realización profesional.

La realidad es que no todos los egresados ocuparán una plaza en una orquesta, conseguirán una posición académica o construirán una carrera como solistas. Tampoco todos desean hacerlo. Muchos músicos desarrollan su actividad profesional mediante una combinación de proyectos, contratos, clases, presentaciones, producción y trabajo independiente.

Esta diversidad no debería interpretarse automáticamente como un fracaso del sistema educativo o como una deficiencia del egresado. En muchos casos, constituye una característica estructural del trabajo musical contemporáneo.

El desafío consiste en preparar a los estudiantes para comprender esa realidad sin renunciar a la excelencia artística.

No se trata de formar músicos que se conformen con cualquier oportunidad laboral. Se trata de formar profesionales capaces de identificar oportunidades, construir proyectos y desarrollar una identidad artística que pueda sostenerse a lo largo del tiempo.

Ser un gran músico no garantiza tener trabajo

Esta afirmación puede resultar incómoda, especialmente dentro de instituciones cuya misión es formar músicos de alto nivel. Sin embargo, conviene reconocerla.

La competencia instrumental, el dominio de la teoría musical, la capacidad interpretativa y el conocimiento del repertorio son elementos fundamentales de la formación. Pero el mercado laboral no evalúa exclusivamente esas competencias.

Un músico puede tocar extraordinariamente bien y tener dificultades para encontrar trabajo. Otro, quizá menos sobresaliente en términos estrictamente interpretativos, puede desarrollar una actividad profesional estable gracias a su capacidad para enseñar, colaborar, gestionar proyectos, comunicarse con otros profesionales y responder a necesidades concretas.

Esto no significa que la calidad artística sea secundaria. Significa que la excelencia musical y la empleabilidad son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes.

En mi experiencia, una de las tareas más importantes de la educación superior consiste precisamente en ayudar a los estudiantes a comprender esa diferencia.

La universidad no debería limitarse a formar intérpretes competentes. También tendría que contribuir a que sus egresados comprendan el entorno en el que ejercerán su profesión, reconozcan sus fortalezas y aprendan a convertir sus conocimientos en propuestas de valor.

Un músico necesita preguntarse no solamente qué sabe hacer, sino también para quién puede hacerlo, qué necesidades puede atender y de qué manera puede construir una relación profesional sostenible alrededor de su trabajo.

El músico del siglo XXI: una profesión, múltiples competencias

Imaginemos a un egresado de una licenciatura en música. Domina su instrumento, conoce los fundamentos de la armonía, puede leer partituras y tiene experiencia interpretativa.

¿Son suficientes estas competencias?

Depende de la trayectoria que desee construir. Pero, en términos generales, conviene que su formación le permita desarrollar otras capacidades complementarias.

1. Competencias artísticas.

Constituyen el núcleo de la profesión. Incluyen el dominio del instrumento o la voz, la lectura musical, la interpretación, la composición, la improvisación y la comprensión del lenguaje musical. Sin una base artística sólida, las demás competencias difícilmente compensarán las limitaciones fundamentales del oficio.

2. Competencias tecnológicas.

La grabación, la edición de audio, los instrumentos virtuales, la grabación y edición de audio, la distribución musical y las herramientas de colaboración remota forman parte del entorno profesional contemporáneo.

No todos los músicos necesitan convertirse en ingenieros de audio. Sin embargo, comprender las tecnologías que intervienen en su actividad puede ampliar considerablemente sus posibilidades de trabajo y colaboración.

3. Competencias pedagógicas.

La enseñanza representa una salida profesional importante para muchos músicos. Pero enseñar música requiere mucho más que dominar una disciplina.

Diseñar experiencias de aprendizaje, identificar dificultades, comunicar conceptos complejos y adaptar las estrategias didácticas a diferentes estudiantes son capacidades que merecen una formación específica.

4. Competencias de gestión y emprendimiento.

Preparar un presupuesto, elaborar una propuesta artística, negociar honorarios, organizar un concierto, gestionar derechos de autor o planificar el lanzamiento de una producción son actividades que forman parte de la vida profesional de numerosos músicos.

No es necesario que cada artista se convierta en empresario. Sí es conveniente que comprenda los aspectos básicos de la gestión de su trabajo y pueda tomar decisiones informadas.

5. Competencias de comunicación y colaboración.

La capacidad para trabajar con otros, cumplir acuerdos, presentar proyectos, mantener relaciones profesionales y comunicar con claridad las propias ideas puede resultar decisiva.

La música es un arte profundamente colaborativo. En consecuencia, saber colaborar también es una competencia profesional.

Estas dimensiones no deben entenderse como una invitación a abandonar la especialización. Por el contrario, pueden ayudar a que un músico altamente especializado encuentre más formas de ejercer su profesión.

La inteligencia artificial y una nueva pregunta sobre el valor del músico

En 2026 resulta difícil reflexionar sobre la empleabilidad sin considerar la inteligencia artificial.

Las herramientas generativas pueden producir acompañamientos, sugerir progresiones armónicas, generar material sonoro, facilitar procesos de edición y participar en tareas que antes requerían una intervención humana considerable.

Esto plantea interrogantes legítimos sobre el futuro de determinadas actividades profesionales, especialmente aquellas que dependen de producir materiales estandarizados o responder a solicitudes muy específicas.

No obstante, sería un error concluir que la tecnología vuelve innecesario al músico.

La creación musical no consiste únicamente en producir sonidos. También implica tomar decisiones estéticas, interpretar contextos, construir significados, desarrollar una voz propia y establecer relaciones humanas mediante el arte.

Además, la tecnología no elimina automáticamente la necesidad de músicos capaces de evaluar sus resultados, dirigir procesos creativos, interpretar obras, trabajar con otros artistas y resolver problemas que requieren criterio especializado.

La cuestión relevante no es si debemos competir contra las máquinas en la producción de cada nota. La pregunta es qué capacidades humanas, artísticas y profesionales podemos desarrollar para trabajar en un entorno donde esas herramientas existen.

Desde esta perspectiva, la alfabetización tecnológica y la inteligencia artificial deberían incorporarse a la reflexión universitaria con sentido crítico. Es necesario conocer sus posibilidades, comprender sus limitaciones y discutir sus implicaciones éticas, económicas y autorales.

Pero también debemos evitar que el entusiasmo tecnológico nos haga olvidar lo esencial: una herramienta no sustituye por sí misma el criterio artístico de quien sabe utilizarla.

El reto educativo consiste en formar músicos que puedan aprovechar la tecnología sin depender intelectualmente de ella.

¿Debe la universidad enseñar a emprender?

Esta pregunta merece especial atención.

En ocasiones, hablar de empleabilidad conduce a una interpretación equivocada: si los egresados tienen dificultades para encontrar trabajo, deben aprender a venderse mejor o convertirse en emprendedores.

Aunque el desarrollo de competencias empresariales puede ser útil, esta respuesta resulta insuficiente si se presenta como una solución universal.

No todos los músicos tienen las mismas condiciones económicas, redes profesionales, responsabilidades familiares o posibilidades de asumir riesgos. Tampoco todos los problemas de empleabilidad se originan en las decisiones individuales.

Las oportunidades de trabajo dependen, entre otros factores, de la inversión cultural, las políticas públicas, las condiciones de contratación, la distribución de recursos y las características de las industrias creativas.

Por ello, la empleabilidad no puede plantearse exclusivamente como responsabilidad del egresado.

Las instituciones educativas también tienen una responsabilidad: revisar sus planes de estudio, establecer vínculos con el entorno profesional, promover prácticas y proyectos interdisciplinarios, facilitar el contacto con posibles empleadores y evaluar de manera sistemática las trayectorias de sus graduados.

En otras palabras, no basta con decirle al estudiante que emprenda. Es necesario proporcionarle herramientas para hacerlo y, al mismo tiempo, contribuir a construir condiciones que permitan el desarrollo de la actividad artística.

Una universidad comprometida con sus estudiantes debe procurar que la formación profesional no termine el día de la graduación.

La importancia de construir un perfil propio

Una de las ventajas de la formación musical es que permite desarrollar combinaciones de conocimientos y habilidades que no siempre siguen trayectorias convencionales.

Un instrumentista puede especializarse en interpretación y, al mismo tiempo, desarrollar competencias en producción musical. Un compositor puede trabajar en música para medios audiovisuales. Un cantante puede combinar su actividad escénica con la enseñanza y la creación de contenidos educativos. Un músico interesado en la tecnología puede participar en proyectos de investigación, desarrollo de herramientas digitales o diseño de experiencias sonoras.

Las posibilidades dependen de la preparación, los intereses personales y las oportunidades disponibles.

En mi propio recorrido profesional he encontrado puntos de encuentro entre la ingeniería electrónica, la música, la tecnología musical, la computación, la investigación y la docencia. Mi formación en estos campos me ha permitido participar en actividades que difícilmente podrían describirse mediante una sola categoría profesional.

No considero que esta trayectoria deba convertirse en un modelo obligatorio para otros músicos. Cada persona tiene intereses y capacidades diferentes. Sin embargo, sí ilustra una idea que considero importante: la identidad profesional no tiene por qué limitarse a una sola etiqueta.

Un músico puede ser intérprete, investigador, docente, productor o desarrollador de tecnología. Puede combinar algunas de estas actividades o concentrarse en una sola.

Lo importante es que la combinación tenga sentido, responda a intereses genuinos y permita construir una vida profesional viable.

La interdisciplinariedad no debe entenderse como una dispersión permanente. También puede ser una forma de especialización: la capacidad de resolver problemas que requieren conocimientos procedentes de diferentes campos.

¿Qué debería preguntarse un estudiante de música?

Más que intentar predecir con exactitud cuáles serán los empleos disponibles dentro de cinco o diez años, considero útil que los estudiantes desarrollen la capacidad de examinar periódicamente su situación y tomar decisiones informadas.

Algunas preguntas pueden ayudar:

  • ¿Cuáles son mis fortalezas musicales y qué me distingue de otros profesionales?
  • ¿Qué actividades relacionadas con la música disfruto y cuáles estoy dispuesto a desarrollar profesionalmente?
  • ¿Qué competencias complementarias podrían ampliar mis posibilidades de trabajo?
  • ¿Conozco las condiciones económicas y laborales del campo en el que deseo desempeñarme?
  • ¿Tengo experiencia colaborando con otros músicos y profesionales?
  • ¿Sé presentar un proyecto, establecer honorarios y negociar condiciones de trabajo?
  • ¿Estoy construyendo un portafolio que permita mostrar mis capacidades?
  • ¿Qué necesito aprender durante el próximo año para acercarme a mis objetivos profesionales?

Estas preguntas no pretenden convertir la vida artística en un ejercicio permanente de cálculo económico. Su propósito es favorecer una relación más consciente entre la vocación, la preparación y las condiciones materiales de la existencia.

Vivir de la música no significa necesariamente obtener todos los ingresos de una única actividad musical. Para algunas personas, significará trabajar como intérpretes de tiempo completo. Para otras, combinar la docencia con presentaciones, producción, investigación o proyectos creativos.

No existe una sola fórmula válida para todos.

Lo que sí considero importante es que cada músico pueda tomar esas decisiones con información suficiente, sin idealizar las dificultades del oficio y sin renunciar anticipadamente a sus aspiraciones artísticas.

El problema no es solamente conseguir empleo, sino construir una vida profesional

Cuando hablamos de empleabilidad, solemos concentrarnos en la posibilidad de conseguir un puesto de trabajo. Sin embargo, esa perspectiva puede quedarse corta para una profesión en la que una parte importante de la actividad se desarrolla mediante proyectos, colaboraciones, servicios independientes y contratos temporales.

En estos casos, conviene pensar también en la capacidad de construir una trayectoria.

Esto implica desarrollar competencias, mantener actualizados los conocimientos, establecer relaciones profesionales, identificar oportunidades y aprender de la experiencia. También supone reconocer cuándo una actividad no es sostenible y cuándo resulta necesario modificar una estrategia.

La estabilidad profesional puede adoptar formas diferentes. No todos los músicos tendrán un contrato permanente, pero tampoco todos desean organizar su vida alrededor de un solo empleo.

Lo fundamental es que las decisiones profesionales permitan conciliar, en la medida de lo posible, los objetivos artísticos con las necesidades económicas y personales.

Esta reflexión tiene especial importancia para quienes estudian una carrera universitaria durante varios años y realizan una inversión considerable de tiempo y recursos en su formación.

La vocación artística merece respeto. Precisamente por eso, debemos evitar la idea de que las dificultades económicas constituyen una consecuencia inevitable de haber elegido la música.

El sacrificio puede formar parte de cualquier trayectoria profesional, pero no debería convertirse en una virtud que justifique indefinidamente la precariedad.

Una responsabilidad compartida

Como profesor universitario, considero que tenemos una responsabilidad con nuestros estudiantes que va más allá de enseñarles a tocar, componer, analizar o comprender la música.

Debemos ayudarles a reconocer la complejidad del mundo profesional en el que se incorporarán.

Esto no significa convertir las aulas en escuelas de negocios ni subordinar la formación artística a las exigencias inmediatas del mercado. Significa reconocer que la formación musical y la preparación para la vida profesional no son objetivos incompatibles.

Una buena educación universitaria debe ofrecer fundamentos artísticos sólidos, estimular el pensamiento crítico, promover la creatividad y proporcionar herramientas para comprender el entorno social, económico y tecnológico.

También debe permitir que los estudiantes experimenten, colaboren, se equivoquen y descubran intereses que quizá no habían considerado al ingresar a la universidad.

Si queremos que nuestros egresados desarrollen carreras profesionales satisfactorias, necesitamos preguntarnos con honestidad si los estamos preparando para algo más que aprobar asignaturas y obtener un título.

Necesitamos conocer sus trayectorias después de graduarse, escuchar sus experiencias y utilizar esa información para mejorar la formación que ofrecemos.

La empleabilidad no debería aparecer como una preocupación tardía, cuando el estudiante está a punto de egresar. Tendría que formar parte de una conversación continua a lo largo de su formación.

A manera de conclusión

En 2026, ser músico profesional exige desenvolverse en un entorno complejo, atravesado por transformaciones tecnológicas, nuevas formas de producción y distribución, y condiciones laborales diversas.

Ante esta realidad, sería un error afirmar que la solución consiste simplemente en tocar mejor, aprender a utilizar herramientas digitales o desarrollar habilidades comerciales. Cada uno de estos elementos puede ser importante, pero ninguno resuelve por sí solo el problema.

La empleabilidad requiere una combinación de formación artística, competencias complementarias, conocimiento del entorno y capacidad para tomar decisiones profesionales. También depende de condiciones estructurales que no están enteramente bajo el control de los músicos ni de las universidades.

Por eso, mi reflexión no es que debamos formar músicos dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguir trabajo. Tampoco que debamos abandonar los ideales artísticos para adaptarnos a las demandas del mercado.

Mi propuesta es más sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: debemos formar músicos capaces de ejercer su profesión con excelencia, comprender su realidad y construir alternativas para desarrollarse en ella.

La música no necesita menos artistas comprometidos. Necesita que quienes eligen este camino cuenten con mejores herramientas para sostenerlo.

Al final, quizá la pregunta más importante no sea solamente de qué va a vivir un músico.

También debemos preguntarnos qué condiciones educativas, institucionales y sociales necesitamos construir para que una persona pueda dedicar su vida a la música sin que su vocación se convierta en una condena económica.

Como profesor, investigador y músico, creo que esa es una conversación que nuestras universidades no pueden seguir posponiendo.

Postales de Los Ángeles: Entre el glamour inalcanzable, la sazón de la calle y las estrellas

Viajar a Los Ángeles es enfrentarse constante y fascinantemente a un juego de contrastes. Es una ciudad donde el lujo más estrafalario convive pared con pared con la calidez del trabajo diario, y donde el verdadero espectáculo muchas veces ocurre lejos de las pantallas de cine. En este recorrido por cuatro de sus rincones más emblemáticos, les comparto cómo se vive la experiencia desde la mirada del viajero curioso.

1. Hollywood Boulevard: Pisar la fama y saborear la calle

Hollywood Boulevard es, ante todo, un lugar para curiosear. Caminar por sus banquetas implica ir esquivando turistas mientras miras hacia el suelo buscando nombres conocidos en las famosas estrellas del Paseo de la Fama. Entre tiendas repleta de recuerdos, figurillas doradas del Oscar de plástico y recuerditos de todo tipo, la avenida respira un bullicio constante.

Pero el verdadero toque auténtico de la visita no está en las tiendas de souvenirs, sino en la calle. Al caer la tarde, el aroma de la comida te guía directo hacia un camión de comida atendido por paisanos mexicanos. Nada supera la experiencia de pedir un clásico hot dog envuelto en tocino, preparado al momento y servido con todo su cilantro y cebolla asada. En medio del brillo hollywoodense, ese bocado te reconecta de inmediato con el sazón, la amabilidad y la esencia del mexicano.

2. Rodeo Drive: La vitrina del lujo astronómico

A pocos minutos de ahí, el escenario cambia drásticamente. Rodeo Drive ofrece un interesante paseo por el corazón de la opulencia. Aquí la dinámica no es comprar, sino merodear y admirar las vitrinas de las marcas más exclusivas del mundo.

Es imposible caminar entre sus impecables aceras sin que te asalte el asombro o una risa incrédula al ver los precios. Contemplar un reloj Santos de Cartier exhibido con elegancia te hace preguntarte inevitablemente: ¿quién será capaz de invertir más de un millón de pesos en un reloj? En Rodeo Drive, la moda se convierte en una galería de arte inalcanzable para el peatón común, pero curiosa de atestiguar.

3. Beverly Hills: La ilusión de las celebridades

Continuando por el vecindario, Beverly Hills nos recibe con su emblemático letrero, una postal clásica que parece rescatada directamente del pasado. Sus avenidas arboladas y calles infinitas albergan algunas de las propiedades más costosas del planeta.

Sin embargo, para el visitante que sueña con ver de cerca la vida de las celebridades, la realidad es bastante más sobria: lo único que alcanzas a apreciar desde la calle son imponentes casetas de vigilancia, altas rejas y enormes bardas cubiertas de plantas espesas diseñadas para blindar la privacidad de sus famosos dueños. Aun así, recorrer sus calles tiene un encanto singular, ver casas de súper lujo a pie de calle que en México solo podrían existir al interior de un fraccionamiento o convertidas en embajadas en Lomas de Chapultepec.

4. El Observatorio Griffith: La mejor recompensa en lo alto de la colina

Para cerrar con broche de oro, la cita obligada es en el Observatorio Griffith. La aventura comienza desde la llegada: dejas el auto estacionado en una calle con declive bastante pronunciado y, tras pagar los 40 dólares de estacionamiento, te espera una caminata cuesta arriba de unos 200 metros hasta llegar al imponente edificio situado en la cumbre.

A pesar del esfuerzo físico y la pendiente, vale totalmente la pena.

El edificio en sí es una joya arquitectónica. En su interior te recibe el impresionante péndulo de Foucault, cuya oscilación constante te demuestra en vivo la rotación de la Tierra, un espectáculo hipnotizante tanto para niños como para adultos. Además, su planetario ofrece una experiencia inmersiva fascinante sobre el cosmos. Y cuando sales a las terrazas, te encuentras con la recompensa final: una vista panorámica e inolvidable de toda la cuenca de Los Ángeles perdiéndose en el horizonte. Además con algunos telescopios te dejan mirar la luna, Venus y alguna que otra estrella.

Taleas: ritmo cíclico y arquitectura sonora desde el Ars Nova

En la historia de la música, hay conceptos que no sólo describen una técnica, sino que revelan una forma de pensar el tiempo. Uno de ellos es la talea, un recurso fundamental en la polifonía medieval que sigue siendo sorprendentemente vigente cuando se le entiende a fondo.

¿Qué es una talea?

La talea es un patrón rítmico que se repite de manera cíclica dentro de una obra musical. No se refiere a alturas ni a melodías, sino exclusivamente a la organización de las duraciones: largas, breves, combinaciones específicas que se reiteran como un molde temporal.

Este concepto se desarrolló principalmente durante el Ars Nova (siglo XIV), un periodo clave en la evolución de la notación y la complejidad rítmica en la música occidental.

Talea y Color

Para entender su uso real, hay que considerar otro elemento complementario:

  • Talea: patrón rítmico repetitivo
  • Color: patrón melódico (sucesión de notas)

En muchas obras medievales, especialmente en el motete isorrítmico, ambos elementos coexisten pero no necesariamente tienen la misma longitud. Esto provoca un desfase estructural que genera una especie de “engranaje” musical: el ritmo y la melodía se repiten, pero no coinciden siempre en los mismos puntos.

Uso histórico

La talea fue ampliamente utilizada en los motetes isorrítmicos, donde compositores como Philippe de Vitry y Guillaume de Machaut exploraron estructuras altamente organizadas.

En este contexto, la talea suele aparecer en la voz del tenor, funcionando como una base estructural sobre la cual se desarrollan las demás voces.

Más que un recurso decorativo, la talea era una herramienta de arquitectura musical, casi matemática, que permitía construir obras de gran coherencia interna.

Aplicación práctica hoy

Aunque el término pertenece a la música medieval, su lógica sigue viva y es perfectamente aplicable en contextos contemporáneos:

1. Composición contemporánea
Utilizar ciclos rítmicos independientes de la melodía permite crear capas que evolucionan con cierta autonomía. Es especialmente útil en música minimalista, experimental o incluso en scoring.

2. Improvisación estructurada
Un intérprete puede mantener una talea interna (con acentos o duraciones específicas) mientras improvisa libremente en términos melódicos.

3. Análisis musical
Reconocer taleas en repertorio antiguo permite entender mejor la lógica constructiva de las obras, más allá de la superficie sonora.

Ejemplo conceptual (ver pieza “Dark Cabin”, abajo está la partitura)

Hay una talea de 4 valores rítmicos:

negra – corchea – 4 corchea

Y un “color” de 5 notas:

re –do#– si – la (tonalidad de Re Mayor)

Al repetirse simultáneamente, ambos ciclos se desalinean constantemente, generando combinaciones nuevas sin necesidad de añadir material. Los primeros 12 compases llevan la talea en el violin, mientras que el bajo hace funciones de acompañamiento contrapuntístico. A partir del compás 13, el bajo repite el motivo principal con que arrancara el violin.

La talea no es sólo un vestigio histórico. Es una forma de pensar el ritmo como estructura independiente, como sistema. En un mundo donde muchas veces se prioriza lo inmediato o lo intuitivo, recuperar este tipo de herramientas permite componer con mayor intención y profundidad.

En pocas palabras:

La talea es ritmo organizado en ciclos, pero también es una puerta hacia una concepción más arquitectónica del tiempo musical.


Dejamos aquí la versión grabada para tener una idea más clara de cómo suena.

When using a two chord-porgression only

Sometimes in music, we don’t want to spend much time thinking of a creative harmony, there are two chords which are basic to accompany virtually any melody.

Those chords are the tonic I and the dominant V. Since the latter tends to solve to the first one, this combination works all the time and such chords can be used during a piece of music forming a nice ostinato~like harmonic rhythm.

As an example, we would like to present a pop song named Luz Del Corazon.

Let us analyze the recording to establish a point:

If one listens closer to the keyboard, it only moves from F to C. The rest of the song is fulfilled by drums rhythm, guitar, and the bass. Above all this comes the melody, with lyrics sung by the author of these lines.

The reader might ask:  “What makes this song interesting if it only presents two chords?” in this case, the answer is: variety in rhythm and melodic base line.

Rhythm guitar moves in eight notes, the recording has an effect on the guitar that makes them sound perfect in tempo. Therefore, it becomes a harmonic pad.

The bass on the other hand, “sings” a melody in counterpoint with the vocals. It basically plays notes from the arpeggios and major scales but imitates the singer rhythmically.

The melody of the song has two well defined parts: A and B. This condition helps to enhance the contrast melody-harmony.

It can be resourceful for the composer to have a simple harmonic progression, but compromise is necessary to make it sound interesting. The melody needs to take care of the variety, as well as accompanying instruments or voices.

We invite the reader to give it a try: Write a song using two chords only.

 

 

 

 

Cambios de tonalidad y modo en una pieza para piano y bajo

Generalmente, el modo y la tonalidad se modifican para obtener el contraste deseado en una composición. En este caso, analizamos diferentes estrategias de cambio utilizando una pieza para piano y bajo eléctrico.

Veamos la partitura:

Los primeros compases rinden homenaje directamente al Concierto para piano “Emperador” de Beethoven. En este caso, el piano actúa como la orquesta y el bajo eléctrico interpreta la parte que, en la obra del compositor alemán, corresponde al piano. La interacción entre ambos instrumentos funciona estableciendo un acorde mayor seguido de 4 compases de improvisación libre del bajo. Vale la pena mencionar que, en las obras de Beethoven, aquello que originalmente se concebía como improvisación terminó por convertirse en música escrita en la partitura, como cualquier otra línea melódica.

Primer contraste: El motivo aparece en el compás 12 claramente en tonalidad de Do, pero luego se transforma a Do mixolidio, que actúa como dominante secundaria hacia Fa en el compás 15. Inmediatamente después, el motivo aparece en retrogradación en los compases 16 y 17 (segundo contraste).

Tercer contraste: surge en el compás 18, donde el motivo reduce su figura rítmica de semicorchea a corchea (aumentación).

Cuarto contraste: se encuentra en el compás 23, donde el ritmo cambia a corcheas (disminución), dando mayor protagonismo al bajo eléctrico, que se desplaza con un carácter de walking bass. Además, en ese mismo compás, un acorde de Re menor toma el protagonismo sin modular completamente a esa tonalidad.

En el compás 28 ocurre un quinto contraste en el piano, donde se presenta un intercambio modal, pasando de Re menor a Re mayor y luego a Re locrio en el compás 29.

El compás 29 muestra otro cambio: vuelve al motivo original en Do, pero súbitamente se desplaza a su paralelo menor, Do menor (sexto contraste).

La tonalidad cambia nuevamente a Re menor en el compás 34 y el modo pasa a Re locrio, y otra vez a Mi bemol en los compases 35 y 36 respectivamente. Esto representa un séptimo contraste, hasta que finalmente modula a Mi mayor en el compás 39.

De los compases 40 a 47 el bajo toma la melodía en Mi. Surge el octavo contraste y de 48 a 50 se visita la tonalidad de Re menor.

Desde el compás 51 la tonalidad cambia a su paralelo mayor, Re, y el piano vuelve a tomar protagonismo (noveno contraste). La armonía cambia de Si menor a Re, y en los compases 55 a 59 el bajo y el piano dialogan en movimiento contrario (décimo contraste). Los compases 57 a 59 avanzan lentamente para anunciar el final de la pieza.

El undécimo y último contraste, de los compases 60 a 63, presenta el motivo original disminuido en tiempo y tempo, a manera de despedida.

La grabación puede escucharse aquí:

Key and Mode changes in a Piano/Bass piece

Usually Mode and key are modified to obtain the desired contrast in a composition. In this case we discuss different strategies of change using a piece for piano and electric bass.

Let´s look at the score:

The first bars directly pay tribute to Beethoven´s Emperor Piano Concerto, In this case, the piano acts as the orchestra and the electric bass plays the part of the piano in the german composer´s work. The interaction of both instruments works by establishing a major chord followed by 4 bars of free improvisation of the bass. It is worth mentioned that in Beethoven´s works, what was originally thought as improvisation, became music printed on the score as any other melodic part.

First contrast: The motif shows up in bar 12 it is clearly in the key of C but then it transforms to C mixolydian which acts as the secondary dominant to F in bar 15. Immediately afterwards the motif retrogrades in bars 16 and 17 (second contrast).

The third contrast appears in bar 18 where the motif reduces its time from 16th note to 8th note (augmentation).

Fourth contrast can be found in bar 23 where the rhythm changes to eight notes (diminution) giving more attention to the electric bass, that moves in a walking bass fashion. Also in bar 23 a Dm takes the lead without completely modulating to that key.

In bar 28 a fifth contrast occurs in the piano where a modal interchange takes place from Dm to D and then to D locrian in bar 29.

Bar 29 shows another change, this time it goes back to the original motif in C but it suddenly changes next to its parallel minor Cm (sixth contrast).

The key moves again to Dm in bar 34 and changes mode to D locrian and again to Eb in bars 35 and 36 respectively. This represents a seventh contrast till it finally moves to the key of E in bar 39.

From bars 40 to 47 the bass features taking the melody in E. The eight contrast appears and from 48 to 50 the key of Dm is visited.

From bar 51 the key changes to its parallel major D and the piano comes back predominantly again (ninth contrast). Harmony changes from Bm to D and in bar 55 to 59 the bass and the piano play around in contrary motion (tenth contrast). Bars 57 to 59 move slowly to announce the end of the piece.

The eleventh and last contrast from bars 60 to 63 present the original motif diminished in time and tempo to say goodbye.

The recording can be heard here:

Música y multimedia: cuando el arte se vuelve conversación interdisciplinaria (y transdisciplinaria)

En un mundo donde los lenguajes creativos convergen, la música ha dejado de ser un arte aislado. Hoy más que nunca, dialoga con la imagen, el movimiento, la narrativa digital y la programación interactiva. La multimedia no solo acompaña a la música: la potencia, la desafía y, a veces, la transforma.

La interdisciplinariedad implica el diálogo entre campos: compositores colaborando con cineastas, músicos que crean junto a artistas visuales o programadores. Cada quien aporta desde su especialidad, pero el resultado es común, más amplio que la suma de sus partes.

La transdisciplinariedad, en cambio, va más allá: es una fusión radical de saberes, donde las fronteras entre disciplinas se desdibujan y surge un nuevo lenguaje. Aquí, el músico no solo colabora, sino que deviene también un poco diseñador, un poco performer, un poco narrador digital. La obra deja de pertenecer a una sola categoría y se convierte en experiencia viva, cambiante, híbrida.

En este terreno, componer una pieza puede implicar también pensar en cómo se verá en una instalación, qué colores la acompañarán, cómo se traducirá en experiencia inmersiva para el espectador. Las preguntas ya no son solo “¿cómo suena?”, sino también “¿cómo se ve?”, “¿cómo se siente?” y “¿cómo se vive?”.

Este cruce entre disciplinas no implica diluir la especificidad musical, sino expandirla. En esa expansión hay riesgo, pero también asombro. Porque la música, al rozarse con otros lenguajes, revela nuevas capas de sentido. La transdisciplina no borra la música: la reinventa.

Y en medio de todo eso, hay algo profundamente humano: el deseo de comunicar. De que el sonido no solo se escuche, sino que habite el espacio, el cuerpo, la mirada.

Víctor Illarramendi: ritmo, precisión y presencia en la batería

Trayectoria y escenario

Víctor Illarramendi es uno de los bateristas recurrentes en la escena del rock en Puebla desde 1990. Ha acompañado a proyectos locales como: Código Humano, Crossroads, Eslabón, Bulldozer, Steps on the Roof y Cuarto Blanco donde su papel musical ha sido clave tanto en estudios de grabación como en escenarios como conciertos íntimos, cafés culturales y audiencias universitarias.

Si vamos tiempo atrás, su presencia en CDMX comienza en los 70s, donde participó con bandas notables como Árbol, Nahúatl, Kenny y los Eléctricos, sin mencionar aquellos artistas de quienes fue baterista invitado y músico de sesión. Fue además pionero de lo que después se conociera como Rock en tu Idioma.

Sus colaboraciones destacan por su técnica firme, tempo sólido y su capacidad de adaptación a distintos géneros aparte del rock y el jazz. Además de su disposición para ensambles flexibles que incluyen bajo, guitarra, saxo y experimentación sonora.

Víctor festivo como siempre

Estilo y enfoque

Aunque la información detallada sobre su formación académica es principalmente autodidacta, su estilo sugiere una combinación de precisión técnica con una sensibilidad rockera auténtica. Se le describe como el “baterista de confianza” en producciones que requieren tanto espectáculo como sostén rítmico sólido, incluso cuando el soporte técnico es mínimo, como suele ocurrir en escenarios de sonido básico, tipo “cirugía con cuchillos de cocina”.

Escenarios y formatos

Ha participado en jam sessions y homenajes al rock clásico mexicano, actuando con otros músicos locales —saxofonistas, guitarristas, cantantes— en foros comunitarios como la BUAP, cafés de la CDMX y espacios culturales y de espectáculos en Puebla y alrededores.

Su importancia en la comunidad

Víctor no es solo un músico, sino un tejedor de redes locales: aparece en varias colaboraciones con músicos, compositores y festivales de música. Su presencia denota compromiso con la escena local y con la continuidad de la música hecha desde la comunidad y para la comunidad.

Desde 1994 es docente en el Colegio de música de la Facultad de Artes BUAP y bajo su tutela han pasado varios bateristas que se han forjado un nombre propio en la escena musical nacional. Larga vida a este gran ser humano de quien el autor de estas líneas tiene el privilegio de contar entre sus amigos.

Músicos Compañeros de vida: David Cornish

David Cornish

Quién estas líneas escribe conoció al maestro David en 1998 en la entonces Escuela de Música de la BUAP.

Fue mi primer maestro formal de piano. Las memorias que tengo de Cornish de aquel entonces: Una persona muy paciente a quien le gustaba mucho hablar. Por un lado sobre música, para profundizar en elementos históricos o teóricos de las piezas a montar y por otro lado sabía historias sobre la ciudad de Puebla. Finalmente recomendaba lugares para comer.

Del maestro David conocí diferentes géneros musicales en el piano. Por supuesto Bach, Beethoven, Mozart, Schuman pero también Mario a Ruiz Armengol y fue por el que profundice en el jazz a través de Chick Corea.

Cornish es una máquina de leer partituras a primera vista. Cuando le pregunté al respecto me comentó que mucho tiempo se dedicó a acompañar en en piano desde misas, servicios religiosos y cantantes solistas.

Su escenario es muy diverso, desde grandes foros hasta bodas y amenización de banquetes.

Además de docente por cerca de 30 años en la BUAP, fue dos ocasiones director de lo que hoy es la Facultad de Artes y vicerrector de extensión y difusión de la cultura.

Actualmente se encuentra jubilado de la BUAP pero incansablemente está estudiando un doctorado en composición y se dedica también a la producción musical en su Home Studio.

Un servidor tiene el privilegio de saberse amigo del maestro y siempre es un gusto saludarlo. Hace algunos años nos hizo el honor de grabar un disco con nuestras composiciones, el cual se puede escuchar aquí abajo. A últimos años acostumbramos esporádicamente andar en moto con el y su hijo, gran amigo mío, Juan Pablo, de quien hablaremos en otro momento. De ahí la portada de las motocicletas y el piano.

¡Larga vida! querido David Cornish.

Músicos compañeros de vida: Jesús Quecholac

Hablar de Chucho Quecholac es hablar de un talento musical notable. Jesús llegó como amigo y colega dentro de la primera alineación de Eslabon. Desde aquellos años ya tenía canciones bajo la manga y una habilidad guitarrista para hacer requintos heredada de años de tocar en tríos románticos.

“Silencio” Composición de J. Quecholac

Al igual que el resto de los miembros de Eslabón, Jesús se adentro a formarse de manera académica en el Técnico en Música de la BUAP. Más adelante egreso como compositor en la licenciatura de esa misma institución.

Es poco sabido que como compositor ha ido más allá de los convencionalismos de la música tonal, incluso sus canciones con Eslabon muestran una evolución en género y estructura, la gran favorita era Bésame. Muy solicitada en las tocadas de la banda poblana.

“Bésame” de J. Quecholac

A la par de Eslabón, Chucho se mantuvo activo de manera intermitente en ensambles de música grupera, casi siempre con amigos y familiares de la zona de Cuatlancingo, Puebla. Donde ha vivido la mayor parte de su vida.

El más reciente lo conformó nada menos que con sus dos hijos e hija. Se hacen llamar Los Kechoz y tienen bastante actividad en los municipios aledaños a Cuautlancingo.

Los Kechoz

Lo que este músico significa en la vida de quien esto escribe: Amistad y Talento. Hace rato que no he compartido sonidos musicales con Chucho, de vez en cuando aplomaros en alguna reunión. Más allá de su música me quedo con su permanente amistad y gusto de saludarlo. Me conmueve mucho verlo esta vez al lado de sus hijos seguir en el camino de la música.

Eslabon con Quecholac, illarramendi, Quintana y Franco