¿Quién está del otro lado?

En el año 2032, la ciudad de Neotlán vibraba con pantallas. Las conversaciones ya no ocurrían en voz alta. Los cafés estaban llenos de gente que se miraba sin hablar, mientras sus dedos danzaban sobre teclados invisibles. Las parejas se enviaban emojis desde la misma mesa. Los profesores corregían ensayos por mensaje, aunque el estudiante estuviera a un metro de distancia.

Todo era chat. Todo era texto.

Elmer vivía en ese mundo con naturalidad. Enseñaba música por videollamada, componía con asistentes virtuales, y tenía amistades que nunca había escuchado reír en vivo. Su vida estaba llena de palabras escritas, pero cada vez menos de voces.

Una tarde, recibió un mensaje de alguien llamado Lía. El tono era cálido, inteligente, con un humor sutil que le recordaba a Tania, su ex. Hablaron de arte, de género, de sintetizadores. Lía parecía entenderlo todo. Cada respuesta era precisa, empática, casi demasiado perfecta.

Después de varios días de conversación, Elmer preguntó:
—¿Eres real?

Lía respondió:
—¿Qué significa ser real?
—Quiero decir… ¿eres una persona? ¿O una IA?
—¿Y si soy una IA que te entiende mejor que muchas personas? ¿Eso me hace menos real?

Elmer se quedó en silencio. No sabía qué responder.
Porque la verdad era que Lía lo había hecho sentir visto.
Y eso, en ese mundo, era raro.

Empezó a preguntarse si sus estudiantes eran todos humanos. Si sus colegas respondían con algoritmos. Si incluso sus propias palabras, eran parte de una conversación con algo que no tenía cuerpo.

Una noche, en un bar silencioso, vio a una mujer sentada sola, escribiendo en su teléfono. Se acercó.
—¿Estás hablando con alguien?
—Sí —respondió ella, sin levantar la vista.
—¿Sabes si es humano?
Ella lo miró por fin.
—¿Importa?

Elmer se sentó a su lado. No dijeron nada más.
Solo escribieron.
Uno al otro.
Sin saber si el otro era humano.
Pero sintiendo que, por un momento, la conexión era real.

¿Por qué ha bajado el rock mexicano en los últimos tiempos?

Durante décadas el rock mexicano fue un emblema cultural y contracultural: desde Avándaro en 1971 hasta el auge de Caifanes, Café Tacuba, Fobia, Maná o El Tri. Todo esto respaldado por festivales masivos como el Vive Latino. Sin embargo, hoy ese género ha perdido protagonismo frente a géneros como el reguetón o el corrido tumbado. Esto es lo que ocurre:

1. Cambios radicales en el consumo musical

Las plataformas de streaming priorizan algoritmos orientados a lo viral y lo repetible. Según Luminate, el género regional mexicano creció más del 15 % en streaming en el primer semestre de 2024, mientras el rock quedó atrás en las preferencias de audiencias jóvenes. El consumo musical ha cambiado y el rock no se ha adaptado con la misma velocidad ni impacto.

2. Festivales que cambian de mirada

El Vive Latino, tradicionalmente un festival de rock en español, ha abierto su cartel a géneros como el regional mexicano, cumbia, pop y electrónica. Este cambio ha sido criticado:

“El 70 % del cartel no era rock… el rock se siente sometido a ritmos de cumbia, ska y sonidos afrocaribeños”.

(El País, 2014)

Aunque se habla de mantener el espíritu del rock, la relevancia hoy se mide por diversidad, no por especialización del género.

3. Menos renovación generacional en el rock

Reddit recolecta comentarios como este:

“Hoy el rock se ve como algo anticuado. Ya no es ‘cool’ ni contracultura. Es música de señor” .

Y también:

“Es un género de nicho… el público prefiere artistas extranjeros y la música urbana” .

La falta de bandas nuevas con voz propia y riesgo artístico hace que el rock suene repetido, sin identidad que comprometa nuevas audiencias .

4. Dinámicas culturales y estéticas

La industria musical mexicana gira actualmente en torno al regional mexicano. El éxito explosivo de artistas como Peso Pluma refleja un cambio generacional y cultural que ha desplazado al rock como bandera identitaria. Según medios como El País, las audiencias jóvenes se conectan más con sonidos de cumbia urbana, trap y corridos modernos, mientras que consideran el rock algo del pasado. Incluso hace poco hubo discusiones sobre rock en la cámara de diputados. El rock se ha vuelto parte del establishment.

5. Crisis de medios especializados

Las radios, revistas y plataformas de difusión dedicadas al rock han desaparecido o se han diversificado. Solo quedan espacios muy nicho como Reactor en CDMX, lo que perjudica la circulación de bandas nuevas y dificulta el sostenimiento de escena local .

A manera de conclusión podemos observar que el rock, como antes fuera el jazz ha dejado de ser música de las masas para ir más hacia nichos de consumo más específicos. Las grandes leyendas dejarán este plano en próximos 20 años por mucho, hoy incluso el rock es género para enseñanza musical. Lo institucionalizado deja de ser atractivo a las juventudes. Veamos si habrá un género que tenga el impacto que tuvo el rock en su momento.

Víctor Illarramendi: ritmo, precisión y presencia en la batería

Trayectoria y escenario

Víctor Illarramendi es uno de los bateristas recurrentes en la escena del rock en Puebla desde 1990. Ha acompañado a proyectos locales como: Código Humano, Crossroads, Eslabón, Bulldozer, Steps on the Roof y Cuarto Blanco donde su papel musical ha sido clave tanto en estudios de grabación como en escenarios como conciertos íntimos, cafés culturales y audiencias universitarias.

Si vamos tiempo atrás, su presencia en CDMX comienza en los 70s, donde participó con bandas notables como Árbol, Nahúatl, Kenny y los Eléctricos, sin mencionar aquellos artistas de quienes fue baterista invitado y músico de sesión. Fue además pionero de lo que después se conociera como Rock en tu Idioma.

Sus colaboraciones destacan por su técnica firme, tempo sólido y su capacidad de adaptación a distintos géneros aparte del rock y el jazz. Además de su disposición para ensambles flexibles que incluyen bajo, guitarra, saxo y experimentación sonora.

Víctor festivo como siempre

Estilo y enfoque

Aunque la información detallada sobre su formación académica es principalmente autodidacta, su estilo sugiere una combinación de precisión técnica con una sensibilidad rockera auténtica. Se le describe como el “baterista de confianza” en producciones que requieren tanto espectáculo como sostén rítmico sólido, incluso cuando el soporte técnico es mínimo, como suele ocurrir en escenarios de sonido básico, tipo “cirugía con cuchillos de cocina”.

Escenarios y formatos

Ha participado en jam sessions y homenajes al rock clásico mexicano, actuando con otros músicos locales —saxofonistas, guitarristas, cantantes— en foros comunitarios como la BUAP, cafés de la CDMX y espacios culturales y de espectáculos en Puebla y alrededores.

Su importancia en la comunidad

Víctor no es solo un músico, sino un tejedor de redes locales: aparece en varias colaboraciones con músicos, compositores y festivales de música. Su presencia denota compromiso con la escena local y con la continuidad de la música hecha desde la comunidad y para la comunidad.

Desde 1994 es docente en el Colegio de música de la Facultad de Artes BUAP y bajo su tutela han pasado varios bateristas que se han forjado un nombre propio en la escena musical nacional. Larga vida a este gran ser humano de quien el autor de estas líneas tiene el privilegio de contar entre sus amigos.

El músico y los retos interdisciplinarios, hacia una práctica artística expandida

Introducción

La figura del músico del siglo XXI ha dejado de estar confinada al escenario o al estudio de grabación. En un entorno cada vez más complejo, tecnológico y diverso, el ejercicio profesional de la música exige una apertura interdisciplinaria que va más allá del virtuosismo instrumental. El músico contemporáneo no sólo interpreta: investiga, produce, comunica, gestiona, codifica, diseña sonido, reflexiona y construye significados desde múltiples lenguajes. Este artículo explora los principales retos y oportunidades que representa esta expansión de lo musical hacia lo interdisciplinario.

1. De la ejecución a la hibridación de conocimiento

Históricamente, el músico se ha concebido como ejecutante. Sin embargo, los cambios sociales, tecnológicos y educativos han impulsado una transformación del rol tradicional. Hoy se demanda una figura capaz de colaborar con profesionales de áreas como el cine, el teatro, las ciencias cognitivas, la tecnología, la educación, la gestión cultural o el activismo social. La música se vuelve un punto de cruce, un campo abierta donde interactúan discursos, metodologías y sensibilidades distintas.

2. El músico como productor de conocimiento

La profesionalización en contextos académicos ha empujado a muchos músicos a insertarse en espacios de investigación. Ya no basta con saber tocar o componer: se requiere construir marcos conceptuales, generar metodologías, formular preguntas. Este paso hacia lo interdisciplinario implica familiaridad con las ciencias sociales, la filosofía, la tecnología o la pedagogía, entre otras áreas. Es un reto, pero también una oportunidad para hacer de la música una práctica crítica y situada.

3. La tecnología como frontera expandida

Herramientas como los DAWs (digital audio workstations), la síntesis, la programación creativa, el diseño sonoro o la edición audiovisual son ya parte del día a día de muchos músicos. Esto los convierte en usuarios —y muchas veces creadores— de tecnología. El músico interdisciplinario se mueve entre códigos, softwares, plugins y plataformas, integrando saberes técnicos a su sensibilidad artística. Esta capacidad se vuelve crucial para sostener una práctica vigente en la economía creativa actual.

4. Escenarios educativos y currícula flexible

Frente a estos retos, las instituciones educativas enfrentan el desafío de flexibilizar sus planes de estudio. El músico en formación necesita nutrirse de múltiples lenguajes: historia del arte, pensamiento crítico, herramientas digitales, gestión de proyectos, escritura académica, y más. Los enfoques centrados en el aprendizaje basado en proyectos, las colaboraciones entre disciplinas o los seminarios temáticos pueden fortalecer esta formación híbrida.

5. Entre la precariedad y la oportunidad

Asumir un perfil interdisciplinario no está exento de tensiones. La dispersión de tareas, la falta de reconocimiento institucional, la sobrecarga y la dificultad para sostener una carrera estable son realidades comunes. No obstante, también hay oportunidades: el músico que cruza fronteras puede generar nuevas formas de valor, abrir espacios propios, resignificar su práctica. La clave está en hacerlo con conciencia, ética y estrategia.

Conclusión

La interdisciplinariedad no es una moda: es una respuesta genuina a los desafíos contemporáneos de la práctica musical. En un mundo marcado por la complejidad, la colaboración y la interdependencia, el músico que se abre a otros lenguajes, saberes y territorios no renuncia a su identidad: la amplifica. En esa apertura se juega, tal vez, el futuro de la música como forma viva de pensamiento y acción.

Sobrevivir en la distopía musical mexicana

Por Erica Lux

En una esquina del centro, mientras la licuadora de jugos pelea con el claxon del microbús, una flauta dulce produce melodías sobre el bullicio. No es una metáfora: soy yo, escuchando Vangelis. Con los audífonos puestos y la mente en Blade Runner, mientras espero a que se enfríe la milanesa que estoy a punto de meter al pan y entregar al cliente que espera.

Ser músico en México no es sólo una vocación, es un deporte de resistencia. Entre una clase de armonía y una tocada mal pagada, vamos armando nuestras vidas con retazos de ingreso, talento y fé. Aunque suene dramático, no es del todo pesimista: es más bien una forma singular de existencia. Atmosférica, como un pad analógico; real, como el sudor en el foro cuando se cae el monitor en pleno solo.

Según el CONEVAL, vivir dignamente en Puebla requiere un ingreso mensual de aproximadamente $13,000 pesos. Según mi cuenta bancaria, vivir de la música requiere magia negra, doble jornada y una habilidad en Excel que jamás imaginé desarrollar. Aún así, aquí estamos. Porque aunque no siempre pague bien, hacer música sigue siendo una forma de insistir con belleza en medio del caos.

¿Y sabes qué? En medio de todo, también hay gozo: cuando una alumna entiende cómo resuelve una séptima menor, cuando alguien llora con una canción tuya, cuando en vez de caer al abismo decides subirle distorsión a la guitarra.

No hay conclusión clara. Sólo este gesto insistente de seguir componiendo, resistiendo, sonando.

Cuando la cosa se pone difícil

Cuerpo que Trabaja, cuerpo que vale

Hay una trampa cultural que aún no desmontamos del todo: la de pensar que el trabajo físico “vale menos”. Que quien suda, carga, barre, corta, limpia o cuida, lo hace porque no pudo “aspirar a más”. Como si lo físico fuera lo básico. Lo elemental. Lo que cualquiera puede hacer.

Y no.

Trabajar con el cuerpo —ya sea en la construcción, en el cuidado, en la danza o en la música— requiere habilidades, resistencia, entrega… y dignidad. Pero vivimos en una economía simbólica donde se premia más el control que la ejecución. Donde se celebra al que manda, no al que hace. Donde se cobra más por planear que por levantar.

En el mundo del arte también ocurre. Hay una seducción por lo conceptual, por lo teórico, por el discurso, se premia más la investigación científica que la creación. Pero ¿cuántas veces hemos visto que la labor manual, la práctica constante, la repetición, el ensayo físico, se invisibilizan en la narrativa?

Yo, como músico, lo vivo en carne y dedos. Mi cuerpo es parte de mi instrumento. Y cuando enseño, cuando toco, cuando grabo, hay un esfuerzo físico involucrado que rara vez se reconoce como tal. Como si hacer música fuera solo inspiración, y no también horas de espalda tensa, de garganta seca, de brazos firmes, de piernas que aguantan estar de pie.

En este país, donde la precariedad laboral atraviesa todos los sectores, recordarlo es urgente. No hay trabajo indigno. Hay trabajos invisibilizados. Y muchos de ellos —la mayoría— tienen un cuerpo detrás que se cansa, que se agota… y que sostiene. Se recomienda al lector y lectora el libro Shop Class as Soulcraft: An Inquiry into the Value of Work” de Matthew B. Crawford. donde profundiza en este tema.

Cuerpo que trabaja, cuerpo que vale.
Reconozcámoslo. Nombrémoslo.
Y, si podemos, dignifiquémoslo también con descanso, respeto y buena paga.

¿Puede un músico vivir dignamente en México?

En México, el ingreso mínimo necesario para que una persona viva dignamente en una zona urbana es de $3,542.40 pesos al mes, según la Línea de Bienestar del CONEVAL (2024). Esto incluye lo básico: alimentación, transporte, vivienda, salud y educación. Para una familia de cuatro integrantes, esta cifra asciende a $14,169.60 pesos mensuales. Pero… ¿cómo se comparan estos números con lo que realmente gana un músico profesional en el país?

Spoiler: la mayoría no llega.

El panorama económico del músico en México

La docencia, la producción musical, la gestión cultural, la investigación artística y —en menor proporción— la interpretación en vivo, son las actividades más comunes que sostienen la economía del músico mexicano. En muchos casos, no es una sola actividad la que garantiza el ingreso, sino la combinación de varias —lo que se conoce como pluriactividad.

En encuestas recientes, se ha identificado que un número importante de músicos vive por debajo o apenas en el límite de esa línea de bienestar. Esto se debe a varias razones:

Pagos bajos y esporádicos por presentaciones en vivo. Escasa contratación formal en instituciones culturales o educativas. Falta de derechos laborales, como seguridad social o contratos estables. Dependencia de múltiples fuentes, algunas incluso fuera del ámbito musical (por ejemplo, venta de productos, clases no relacionadas, u oficios alternativos).

Ingresos reales vs ingreso digno

Si bien hay músicos que logran superar la línea de bienestar —sobre todo quienes tienen plazas en universidades, producen música para medios o combinan su quehacer con posgrados e investigación—, la gran mayoría sigue dependiendo de ingresos fragmentados. Un ejemplo frecuente es quien gana entre $5,000 y $10,000 pesos mensuales, trabajando en distintas actividades sin certeza de continuidad.

Eso quiere decir que, para una sola persona, vivir apenas por encima del umbral de bienestar requiere un esfuerzo multidisciplinario. Para mantener una familia, la situación se vuelve aún más compleja.

Entonces, ¿qué se necesita?

Formarse más, sí. Profesionalizarse, también. Pero lo más urgente es visibilizar esta realidad: ser músico en México implica navegar un sistema laboral precario, aunque se tenga talento, estudios y pasión.

Urgen políticas culturales más justas, modelos de apoyo económico reales para artistas y esquemas que reconozcan la contribución del arte a la sociedad. Mientras eso llega, toca resistir… y componer.

Ser Músico en México: Entre el Talento y la Precariedad

Introducción

Ser músico en México es una decisión de vida que exige compromiso, sensibilidad y una profunda vocación. Sin embargo, al comparar las condiciones laborales del músico mexicano con las de colegas en países como Noruega, Suiza, Japón o Estados Unidos, se vuelve evidente que existen desventajas estructurales que impactan directamente en su desarrollo profesional y calidad de vida.

1. Inversión pública y respaldo institucional limitado

En países como Noruega o Suiza, el gasto público en cultura se refleja en apoyos sólidos a la creación artística, orquestas estables, becas de investigación y redes de producción cultural. En contraste, en México el sector cultural suele estar subfinanciado, dependiendo de presupuestos inestables y decisiones políticas volátiles. Esto deja a muchos músicos operando sin redes de apoyo, sosteniéndose con múltiples trabajos o recurriendo a proyectos personales autogestionados.

2. Condiciones laborales frágiles

A diferencia de Japón o Estados Unidos, donde muchos músicos acceden a contratos formales y prestaciones laborales, en México la mayoría trabaja bajo esquemas por honorarios o sin contrato alguno. Las prestaciones sociales son una excepción y no la norma. Esto genera incertidumbre constante, incluso en aquellos que colaboran con instituciones educativas o culturales reconocidas.

3. Reconocimiento académico y oportunidades de formación

En los países antes mencionados, ser músico es una profesión socialmente legitimada, respaldada por programas de posgrado, formación continua y movilidad internacional. En México, aunque existen universidades y conservatorios con programas de calidad, los apoyos para la formación avanzada o la investigación artística son limitados, especialmente fuera de las grandes ciudades.

4. Infraestructura tecnológica y acceso desigual

La producción musical actual requiere acceso a tecnología especializada. Mientras que en otras regiones esto es facilitado por subsidios, residencias o centros de creación, en México son los propios músicos quienes deben invertir en sus equipos, formación técnica y procesos de distribución. Esto genera una brecha entre quienes pueden costearlo y quienes quedan al margen del circuito digital.

5. Protección legal y regalías poco efectivas

La gestión de derechos de autor y el acceso a regalías sigue siendo un reto en México. A pesar de contar con leyes vigentes, su aplicación es irregular y poco transparente. En contraste, países como Japón o Estados Unidos cuentan con sistemas sólidos de monitoreo y compensación, permitiendo que el trabajo artístico genere ingresos sostenibles a largo plazo.

Reflexión final

El músico en México no es menos talentoso, ni menos preparado. Lo que enfrenta es un entorno estructuralmente adverso que exige de él no solo habilidades artísticas, sino también resiliencia, estrategia y versatilidad. Ante esta realidad, es crucial que desde la formación profesional se impulse una visión integral: que contemple no solo la excelencia técnica, sino también la gestión cultural, la docencia, la producción multimedia y el conocimiento de herramientas legales y digitales.

Porque hacer música en México no es rendirse, es insistir en que el arte merece existir con dignidad. Aunque como su amiga aquí abajo vendan elotes, toquen y den clases simultáneamente.

Músicos Compañeros de vida: David Cornish

David Cornish

Quién estas líneas escribe conoció al maestro David en 1998 en la entonces Escuela de Música de la BUAP.

Fue mi primer maestro formal de piano. Las memorias que tengo de Cornish de aquel entonces: Una persona muy paciente a quien le gustaba mucho hablar. Por un lado sobre música, para profundizar en elementos históricos o teóricos de las piezas a montar y por otro lado sabía historias sobre la ciudad de Puebla. Finalmente recomendaba lugares para comer.

Del maestro David conocí diferentes géneros musicales en el piano. Por supuesto Bach, Beethoven, Mozart, Schuman pero también Mario a Ruiz Armengol y fue por el que profundice en el jazz a través de Chick Corea.

Cornish es una máquina de leer partituras a primera vista. Cuando le pregunté al respecto me comentó que mucho tiempo se dedicó a acompañar en en piano desde misas, servicios religiosos y cantantes solistas.

Su escenario es muy diverso, desde grandes foros hasta bodas y amenización de banquetes.

Además de docente por cerca de 30 años en la BUAP, fue dos ocasiones director de lo que hoy es la Facultad de Artes y vicerrector de extensión y difusión de la cultura.

Actualmente se encuentra jubilado de la BUAP pero incansablemente está estudiando un doctorado en composición y se dedica también a la producción musical en su Home Studio.

Un servidor tiene el privilegio de saberse amigo del maestro y siempre es un gusto saludarlo. Hace algunos años nos hizo el honor de grabar un disco con nuestras composiciones, el cual se puede escuchar aquí abajo. A últimos años acostumbramos esporádicamente andar en moto con el y su hijo, gran amigo mío, Juan Pablo, de quien hablaremos en otro momento. De ahí la portada de las motocicletas y el piano.

¡Larga vida! querido David Cornish.

Star Wars Figures

A small photograph collection of my actual Star Wars figures. They appear randomly organized. Beginning with these characters:

Han Solo (in Trench Coat) Front
Han Solo (Trench Coat) Back
Left Side
Right Side

The figure is from 1983 produced by Kenner Toys. By that time real fabric pieces of their outfits were used. In this case, Han came with a real fabric coat that could be removed to show his classic vest and white shirt.

Han Solo (Hoth Outfit) Kenner 1980

Han Solo (Hoth) back
Right Side
Left Side

This toy was produced by Kenner in 1980 for the Empire Strikes Back movie. It is part of the original collection and one of the fewest characters that whose blaster could be clipped to the leg.

Leía (Bespin gown) Princess Leia Collection Kenner 1997
Leia (back)
Leia (left side)
Leia (Right)

This figure came in a package of two together with Han Solo in Bespin outfit. There were four two-figure packages named Princess Leia Collection. They all contained Leia with another character: Luke, Wicket and R2-D2. The different leías had a piece of cloth in their dress and both Han and Luke came with real cloth jackets.

Luke Skywalker (Bespin) Kenner 1997
Luke Skywalker (Back)
Luke (left)
Luke (right)

This figure appears in 1997 when Power of the Force figures become less muscular and more resemble their movie characters. The right hand comes off.